




Luz le tiene miedo a las alturas. Por eso los arneses, la concentración, los pies firmes sobre el tablón. Trabaja sobre un andamio que se eleva hasta los 9,10 metros, tocando con las manos el cielo de la basílica de Nuestra Señora de la Merced, en Perón y Reconquista, pleno microcentro porteño. Decididamente, no le gustan las alturas. Pero le fascinan las pinturas murales centenarias que suelen encontrarse en ellas. Y el entusiasmo por devolverles el vigor perdido puede más. «Siento una gran responsabilidad. Para dedicarte a esto, tenés que sentir un gran respeto por lo que hacés», comenta la joven restauradora. Junto con un equipo de unas 20 personas, y gracias al esfuerzo conjunto de las fundaciones American Express, Rocca y Fortabat, está ayudando a liberar a una de las construcciones más antiguas de la ciudad de Buenos Aires del pesado manto de tiempo que oscurecía su enorme valor arquitectónico e histórico.
No es poco lo que ha ocurrido en el predio del edificio. Durante las Invasiones Inglesas fue ocupado por las tropas defensoras de la ciudad y Santiago de Liniers dirigió el ataque a la Plaza Mayor desde el antiguo atrio. En los archivos parroquiales se preservan datos de bautismos y casamientos realizados durante la colonia, en 1635. Algo más acá en el tiempo, figuran los bautismos de figuras como María Rosa Oliver, Carmen Gándara o José Hernández, el casamiento de José de San Martín, el segundo casamiento de Pueyrredón, la firma de Bartolomé Mitre como padrino de bautismo de una bisnieta. Asiduamente visitada por historiadores y genealogistas, la basílica es también una preciada joya arquitectónica. Fue construida en 1779 por Andrés Bianchi, arquitecto jesuita cuyo sello -construcciones despojadas, realizadas con adobe y ladrillos secados al sol- se imprimió a buena parte del entramado de la Buenos Aires colonial. A fines del siglo XIX el edificio perdió la austeridad original, cuando el arquitecto Juan Buschiazzo se encargó de su redecoración. De esa época datan las pinturas murales, el templete, el magnífico órgano Walter. También, el conjunto de 22 vitrales, realizado en 1887 en el atelier francés Bergès et Fils y luego montado en carpintería de hierro por artesanos locales. «Hace 13 años que quería recuperarlos», cuenta el párroco Eugenio Guasta, fino conocedor de la riqueza patrimonial que encierra la basílica. Su deseo comenzó a hacerse realidad en junio último, cuando un equipo dirigido por Fivaller Pablo Subirats comenzó a restaurar los vitrales de la cúpula, el crucero y el presbiterio (gracias a una donación de fondos realizada a través del programa World Monuments Watch, bajo el auspicio de la Fundación American Express). «Es un trabajo para manos expertas», sentencia Subirats -tercera generación de una familia de vitralistas-, mientras mira a su hija Lucía, absorta en la delicada tarea de limpiar una a una las piezas de vidrio de entre 1 y 1,5 mm de espesor. Precintados y desmontados con el mayor de los cuidados, los paños se ubican en plantillas antes de proceder a su limpieza. Los restauradores se encontraron con una espesa cobertura de suciedad sobre los vidrios, resultado de años de exposición a la combustión de las velas y otros factores ambientales. Además de remover la suciedad, se debe verificar que esté en condiciones el esmalte hecho a base de oro y plata con el que las piezas fueron decoradas 130 años atrás. Con infinito, supremo cuidado, el vitralista pasa la yema del dedo sobre la superficie del vidrio («el hisopo no tiene sensibilidad», explica). Si descubre algún desprendimiento, deberá reponer la decoración, buscando la combinación química que mejor reproduzca las características del material original. Lo más parecido a un trabajo sin red: «Estos son materiales históricos -explica-. Un error es irrecuperable». Por su parte, Lucía asegura: «El arte de por sí tiene algo espiritual. Y si además uno trabaja con figuras sacras… es sublime». Junto con ellos trabaja el equipo de Teresa Gowland. En su mayoría veinteañeros, estudiantes o egresados de la carrera de Restauración y Conservación de Bienes Culturales del IUNA, el año pasado los restauradores recuperaron las pinturas murales de la cúpula y ahora se abocan a las del crucero (entre las que se cuentan telas pintadas en Florencia, pegadas a la pared y circunscriptas por marcos hechos en cartapesta). «Son tres días de trabajo por cada paño», comenta Gowland. A escasos metros de ella, un estudiante preserva uno de los murales colocando un adhesivo sobre el que adhiere un papel destinado a fijar la pintura. Uno de sus compañeros limpia cuidadosamente, con agua y solvente, la pintura y los dorados de otra pieza. El clima es de concentración, minuciosidad y necesario espíritu de equipo. «Al ser una obra tan amplia, donde trabajan los restauradores de la pintura mural, el ebanista, el organista, nosotros con los vitrales, la perspectiva es muy enriquecedora. Se ve lo que es el arte de la restauración», confirma Lucía, en un alto de su trabajo. «Tras la remodelación realizada a fines del siglo XIX no quedaron vestigios de la etapa colonial -explica, por su parte, el arquitecto Magadán, coordinador de proyectos para la Argentina por la World Monuments Fund y a cargo, junto con el arquitecto Eduardo Ellis, de la restauración y la puesta en valor de la basílica-. Constituye un buen ejemplo de la concepción del espacio sagrado de la Iglesia Católica a fines del siglo XIX, la coherencia del diseño del espacio religioso en ese momento. Uno puede venir aquí y transportarse a fines del siglo XIX.» Para comprobarlo, basta alejarse por unos minutos del sonido y la furia de la zona bancaria y, simplemente, entrar.
Por Diana Fernández Irusta
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Para saber más: www.wmf.org / www.worldmonumentswatch.org
Un párroco con alma de artista
Erudito, en extremo amable y generoso con su tiempo y saberes, el párroco de la basílica de Nuestra Señora de la Merced es una historia aparte. Antes de consagrarse sacerdote, a los 47 años, monseñor Eugenio Guasta estudió letras y trabajó en la comisión argentina para la Unesco. De su paso por el organismo internacional guarda postales imborrables. Como su participación en trabajos de recuperación arqueológica en Egipto. O aquel día de vértigo y gases lacrimógenos, cuando le tocó pasar por el teatro Odeón de París, allá por mayo del 68. También fue escritor, amigo de Victoria Ocampo y de Bioy Casares, Mallea, Bianco, la Bemberg. En 1993 se hizo cargo de la basílica de Nuestra Señora de la Merced. Dos años después, impulsó los primeros trabajos de restauración. «Siempre me interesó la arquitectura-cuenta-. Viví ocho años en Roma: caminé y vi mucho durante mi permanencia allá.» De allí su inmediata percepción, apenas llegado a la basílica, de que tenía entre manos un tesoro digno de ser rescatado. «Por suerte encontré gente sensible que me permitió afrontar la tarea», asegura. Convencido de que «el conjunto es lo que importa», destaca la actividad de los cuatro talleres que actualmente están trabajando en el edificio: el que se ocupa de la recuperación del órgano, el que se dedica a la carpintería, los restauradores de las pinturas murales y los vitralistas. También, el trabajo que el artista Blas Castagna comenzó hace unos tres años en el altar y hoy está a punto de culminar, en sintonía con el resto de los trabajos que, se espera, estarán finalizados el mes próximo.





