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AGROWING – Aviones ultralivianos para fumigar

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AGROWING – Aviones ultralivianos para fumigar

Posted on 08 agosto 2004 by hj

 

Cecilia de Castro
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«Fue un flechazo», dice Juan Carlos Iribarren (47) cada vez que se acuerda del título de la revista que vio en 1980 mientras paseaba por la calle Florida. «Construya su propio avión» decía.

De vuelta en Luján, donde vivía, devoró la revista desde la primera página hasta la última. Entre los avisos había publicidades de empresas que venden planos para construir ultralivianos. «Le mandé una carta a una de ellas, en los EE.UU., y la espera me pareció eterna» Hasta que el cartero le dejó un sobre con los planos. Sin tener ninguna experiencia, Iribarren construyó un avión de 150 kilos equipado con el motor de una moto. Le llevó ocho meses de trabajo.

«Yo no sabía volar así que me lo volaba un amigo y yo lo miraba desde abajo».

Después lo vendió con la idea de construir otro mejor «Lo hice, y cuando me quise acordar había entrado en esa cadena de construir y vender».

Sus aviones eran artesanales y los clientes llegaban por referencia: «Un avión me hacía vender otro». Para esa época, el garage de su casa se había transformado en el galpón donde fabricaba las naves voladoras por encargo.

A partir de ese primer plano, a cada avión que construía le introducía alguna mejora hasta que lo optimizó al máximo. «Soy muy obsesivo con la mano de obra y la calidad. Yo les agrego muchos detalles aunque me lleve más tiempo y gane menos».

Los utralivianos son una categoría dentro de las aeronaves, «pesan unos 200 kilos», explica. La Dirección Nacional de Aeronavegabilidad regula la construcción de aviones y otorga el certificado de aprobación de modelos. «Estoy preparando la documentación para obtener uno». Cuando lo consiga, sus aviones dejarán de ser experimentales.

Cada vez más metido en el mundo de los aviones, participó varias veces en una convención organizada por la Experimental Aircraft Association. «Presenté un avión para dos personas y salió campeón. A los dos años vuelvo a salir campeón».

Unas cuantas veces en su vida se subió a los aviones de línea con destino a los Estados Unidos. Y siempre volvía con ideas nuevas. Fue en uno de esos viajes donde vio un ultraliviano, similar a los que él construye, con un equipo de fumigación incorporado.

Como una hélice, entró a girar en su cabeza la idea de construir un avión para fumigar. Con un amigo desarrolló un equipo de fumigación apto para ultralivianos. «Es una bomba eléctrica con diez microventiladores. Los resultados son bárbaros. El costo de la hora de vuelo es 70 % menor que en otros aviones y el costo del producto baja a la mitad con la aeroaplicación». Cada uno de estos aviones cotiza US$ 14.000 y el equipo, 3.000.

Ya recibió varios llamados de gente de campo interesada en el avión, que se vende con la marca AgroWing. Iribarren cree que llegó la hora de que su emprendimiento busque nuevas alturas. «Estoy creciendo en una forma muy rápida y tengo que analizar mis pasos siguientes. Voy a tener que armar una estructura y alguna estrategia de marketing. Y estoy buscando un socio inversor».

La construcción de aviones, que nació como un hobby, se transformó en su fuente de ingresos. «Me dedico a los aviones desde que me levanto hasta que me acuesto. Son mi vida», dice. Y cuenta que recibió una oferta para fabricarlos en Australia. «Pero no me interesa irme, cada avión lo siento como un hijo y así se despersonalizarían». Como si hiciera falta, informa que sus grandes ídolos son los hermanos Wright.

No sólo fabrica aviones. De su taller también salen otras máquinas que permiten a los humanos despegar los pies de la tierra. Una vez un amigo le preguntó si no se animaba a hacerle un parapente. Le hizo uno biplaza con motor. «Es como un paracaídas con carrito y un motor que lo empuja», explica. También construyó y voló autogiros («como un helicóptero, con una hélice arriba pero sin motor»).

Hace años que aprendió a volar y ya no depende de sus amigos para ver cómo funcionan sus creaciones aladas o «helizadas».

De sus paseos por el aire tiene muchas anécdotas para contar, como aquella vez que en pleno vuelo se le salió una hélice que cayó en un monasterio. Ni se le ocurrió gritarles a los monjes para que le gestionaran un milagro del cielo (desde donde estaba cayendo, precisamente). En cambio, aterrizó planeando. «Dejé el avión allí porque era de noche. Al otro día volví, encontré la hélice, se la puse y volví a casa volando».

http://www.clarin.com/suplementos/economico/2004/08/08/n-01201.htm

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