Leonardo Mc Lean, de 49 años, subió a la montaña más alta de Oceanía, de 4887 m
Mc Lean, colgado de la soga en el cruce de una falla en el filo de la cumbre del Carstensz Foto:Gentileza de Leonardo Mc Lean
Franco Varise
LA NACION
El relato podría empezar así: «El andinista argentino Leonardo Mc Lean, de 49 años, alcanzó la cima de la Pirámide de Carstensz (4887 metros), en Indonesia, y quedó a un paso de las siete cumbres más altas del mundo». Eso estaría bien. Salvo por el hecho de que el «paso» que le resta a Mc Lean es nada menos que el Everest (8848), el «techo del mundo», al que confía conquistar en marzo próximo para festejar sus 50 años.
La historia de Mc Lean es distinta de la de los típicos superandinistas. No es un profesional de este deporte, trabaja en el centro porteño como ejecutivo de una compañía; vive en el Gran Buenos Aires, tiene una mujer y dos hijos y empezó a hacer alta montaña apenas seis años atrás. Comenta que durante un viaje por cuestiones laborales a Chile quedó impactado con la imagen del Aconcagua y que, al año siguiente, ya estaba de pie sobre su cumbre ondeando una bandera. Tenía 43 años.
A partir de ahí se propuso un objetivo: ser el segundo argentino en subir a las siete montañas más altas del mundo ( Seven Summits , en inglés), una hazaña alcanzada sólo por otro argentino, el andinista Heber Orona, en 2001.
Mc Lean se la pasó los últimos años saltando de cima en cima. El Aconcagua (Mendoza, 6962 metros), el Monte Elbrús (Europa, 5642), el Monte Vinzon (Antártida, 4892), el Kilimanjaro (Africa, 5895), el Monte McKynley (en Alaska, 6194) y la Pirámide de Carstensz (en Oceanía), desde donde acaba de regresar.
«Se fue cumpliendo esa satisfacción de vivir mi sueño y de cumplir algunos objetivos; la montaña me enseñó mucho», dijo a LA NACION Mc Lean antes de comenzar a relatar la aventura del ascenso al Carstensz, ubicado en la cadena montañosa central de Nueva Guinea (Indonesia), en una zona inhóspita del planeta.
Prefiere hablar de «aventura» o de «expedición» antes que de escalada, porque el Carstensz pone a prueba no sólo el estado físico, sino también la paciencia y la capacidad de organización.
«Conseguir los permisos para acceder a la base del Carstensz es muy engorroso, nunca está asegurada la posibilidad de subir. Primero hay que llegar al territorio de la tribu de los Danis, que no es para turistas; viven de manera nativa y hay que negociar con ellos para que sean los porteadores», comenta.
Zona estratégica
En verdad, las autoridades de Indonesia no están muy contentas con el hecho de que los alpinistas pretendan subir al Carstensz. En la base de la montaña se encuentra la mina de oro más grande del mundo. Es una zona demasiado estratégica como para dejar que los curiosos ronden por la zona.
La primera escala, según cuenta Mc Lean, es un pueblo llamado Sugapa, a 2100 metros de altura, en plena selva. «De ahí empezamos a recorrer durante seis días 150 kilómetros hasta llegar a los 4400 metros. La travesía es una aventura, porque hay que seguir a los Danis por la selva, sin sendero ni huellas; los chicos y las mujeres Danis van primero y después sigue el resto, en un camino que baja y sube contra todo precepto tradicional de montaña, que siempre es para arriba», relata Mc Lean.
La travesía, con más de 30 grados de calor y en plena zona selvática, explica el andinista, no da respiro. Todos los días después del mediodía llueve, las cargas húmedas se vuelven más pesadas y hay que caminar con el barro hasta la rodilla. «Arrancábamos a las 5.50, pero primero había que volver a negociar con los Danis las condiciones del acarreo para que siguieran adelante, y eso nos retrasaba y significaba estar más expuestos a las lluvias», contó Mc Lean.
La expedición continuó así hasta que entre los 3200 y los 4400 metros el paisaje mutó. La selva ecuatorial dio paso a una zona amesetada con bosques de helechos gigantes.
El ataque a la cima del Carstensz comenzó a la medianoche para evitar las lluvias. La pirámide de piedra se alza sobre el terreno como una muralla. La «expedición», compuesta por unos ocho alpinistas de todo el mundo, entre quienes estaban Mc Lean y otro argentino, Damián Benegas, enfrentó la pared de piedra a eso de la una de la madrugada con una temperatura cercana a 0 grados.
Del trekking por la selva pasaron a un ascenso con una inclinación de entre 30 y 40° grados que obliga a utilizar las cuatro extremidades. A las 2, en forma sorpresiva, comenzaron las precipitaciones y la nieve. «Los últimos 150 metros antes de la cumbre por la cara oeste fueron con una dificultad de entre 70 y 80 grados hasta alcanzar el filo», comentó Mc Lean. Una vez en el filo tuvieron que cruzar por una falla en la montaña en tirolesa sobre un abismo de unos 400 metros.
«Al regresar de cada montaña empezás a valorar las cosas fundamentales de la vida, el paso a paso, la importancia de delegar y de confiar en el otro», explica Mc Lean. Ahora, sólo piensa en una, la más grande, la más bonita… el Everest.
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