01 marzo 2010

Otro «cerebro» que vuelve al país

Programa Raíces / Un investigador emigrado colabora con colegas locales. Mandler, químico argentino residente en Israel desde 1963, estuvo un mes trabajando en Buenos Aires

Otro

Mandler, en el Inquimae, instituto del Conicet en la UBA Foto:Soledad Quiroga

Nora Bär
LA NACION

Faltan algunas horas para que su vuelo de regreso a Jerusalén despegue de Ezeiza, pero Daniel Mandler, que gracias a un subsidio del Programa Raíces-Milstein acaba de pasar un mes en Buenos Aires, ya está planeando otro período de trabajo con sus colegas argentinos

«Creo que si podemos convencer a nuestros respectivos ministros de Ciencia para que establezcan una colaboración institucional entre Israel y la Argentina, ambos países se beneficiarán ?dice, entusiasmado, este doctor en química que reside en Israel, pero que también es ciudadano argentino, ya que nació en Buenos Aires en 1958?. Visité la Comisión de Energía Atómica, el Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (Inifta), en la Universidad de La Plata… Estuve trabajando aquí, en el Instituto de Química Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (Inquimae), del Conicet y la UBA, y pude ver que la ciencia argentina es de primer nivel.»

Para Mandler y su anfitrión, el doctor Ernesto Calvo, director del Inquimae, una colaboración de este tipo permitiría sumar fuerzas en el escenario cada vez más competitivo de la ciencia mundial. «Mi grupo tiene muchos programas de cooperación ?dice Calvo?. Tanto con otros equipos de la Argentina como con científicos de América latina, de Europa y de los Estados Unidos. Hoy, no se pueden abarcar todas las especialidades y destrezas, y trabajar en colaboración permite acceder a conocimientos o equipos de los que carecemos.»

Esta «vuelta a casa» de Daniel Mandler, emigrado en 1963 y que no había regresado al país desde entonces, conjugó tanto productivas jornadas de trabajo como experiencias genuinamente conmovedoras.

«Me encontré con familiares argentinos; estuve en la que fue nuestra casa, en Olazábal y Melián, y hasta pude tener en mis manos la tesis de mi madre, que se recibió de doctora en química con medalla de oro aquí, aquí mismo ?insiste?, en esta misma facultad [de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA].»

Para entender la emoción que encierran sus palabras, hay que remontarse a los meandros de su historia familiar. «Mi padre, que había nacido en Viena, Austria, a los 17 años tuvo que escapar del ejército hitleriano y debió inmigrar a lo que entonces era Palestina. Pero tuvo que hacerlo solo, sin su familia, que de algún modo obtuvo una visa para venir a la Argentina ?recuerda?. Mi mamá, nacida en Checoslovaquia, se mudó de chiquita a Italia; creció en Milán y en los años treinta llegó aquí escapando de Mussolini.»

Tras la Segunda Guerra Mundial, el padre de Mandler quiso venir a visitar a sus padres, para lo cual tuvo que quedarse nueve meses en Milán, a la espera de una visa.

«Por esa época ?prosigue?, mi madre terminaba su carrera de química y se graduaba con honores, según su diploma con firma de Risieri Frondizi. En 1950 obtuvo una beca para ir a Israel a hacer un posdoctorado en el Instituto Weizmann. Empezó a buscar un maestro de hebreo… y así se encontró con mi padre.»

Recién casados, los Mandler debieron hacerse cargo de las compañías de la familia paterna y materna, una dedicada a revestir volantes de automóviles con baquelita y la otra, a la venta de piedra de esmeril.

«Les iba muy bien, pero mi padre creía que su lugar estaba en Israel ?recuerda el científico?. En 1963, después de realizar un viaje muy largo para visitar a parientes de Nueva Jersey, Estados Unidos, y las ciudades de nacimiento de mi padre y mi madre, empezamos de nuevo en Israel.»

La vocación por la química
Eran tiempos de recesión en el país de Medio Oriente, y Vera Hahn, como se llamaba la madre de Daniel Mandler, no pudo encontrar trabajo en una industria, de modo que se empleó como profesora de química en la escuela secundaria.

«Por eso perdí mi castellano ?explica el investigador?. Mi madre no había aprendido mucho hebreo de mi papá; entonces, quería que nosotros, que como éramos chiquitos lo absorbíamos muy rápido, lo habláramos con ella en lugar de utilizar el español. De hecho, en casa se hablaban muchas lenguas: mi papá dominaba seis, y mi madre, siete; entre ellos hablaban en alemán.»

Ya instalados, Daniel, que, además de su hermano mellizo, tiene una hermana un año y medio mayor, exhibió su vocación por la química desde muy chico. «Tenía un laboratorio en mi casa y hacía experimentos ?dice?. Después, tuve a mi madre de profesora durante tres años en la escuela secundaria, y me doctoré en la Universidad Hebrea de Jerusalén, donde ahora soy profesor desde hace algunos años.»

Cuando conoció a Calvo y éste lo invitó a su laboratorio, Mandler pensó que le encantaría volver a visitar la Argentina y juntos decidieron presentarse al programa Raíces-Milstein para científicos y tecnólogos argentinos residentes en el exterior que desean venir a investigar entre uno y cuatro meses al país.

«Les conté a mis hermanos y ellos quisieron venir conmigo ?cuenta?. A mi hijo mayor, que había estado aquí hace un año, le gustó tanto la Argentina que cuando supo que veníamos a Buenos Aires dijo «yo también voy». Y el hijo de mi hermano también se sumó. Así que fuimos cinco.»

El domingo, hace una semana, se juntaron con un primo que todavía vive en el país y decidieron ir a visitar su antigua casa armados de algunas fotos de su niñez.

«La casa todavía está allí ?se sorprende Mandler?. Golpeamos a la puerta y después de un rato una mujer miró hacia afuera un poco sospechosa. Entonces le preguntamos si vivía en la casa y cuándo la había comprado. Nos dijo que hacía unos quince años, pero que antes vivía en la casa vecina. Me acordé de que la familia de nuestros vecinos también tenía mellizas, Diana y Betina… ¡y la señora era una de ellas! ¡Incluso se reconoció en una de las fotos que traíamos!»

Entre sus investigaciones, Mandler desarrolló una forma de depositar finísimas capas de hidróxido de silicio. «Inventó una forma muy práctica de hacerlo para recubrir los stents [dispositivos para apuntalar la pared de las arterias] ?cuenta Calvo?. Y nos dimos cuenta de que nosotros tenemos un método para poder ver en tiempo real cómo ocurre esa deposición. No pensábamos hacer un experimento durante este mes, pero lo probamos y ahora tenemos resultados para publicar en una revista internacional importante. Ninguno de nosotros podríamos haberlo hecho separadamente.»

Mucho más que una temporada de trabajo, este mes fue para Daniel Mandler la oportunidad de enhebrar fibras sueltas de su historia.

«Este programa es maravilloso ?dice?. Dar clases en el mismo lugar en el que mi madre obtuvo su doctorado, hace sesenta años… es como cerrar un círculo. Ella falleció en 2002, pero me hubiera gustado que hubiera podido verme volviendo al lugar donde se graduó. Aquí me siento como en una segunda casa. Y el trabajo que estamos haciendo está resultando excelente.»

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1238487

Categorizado | Investigación en argentina

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