Cocinan, llevan a sus hijos a la escuela y, además, producen ciencia. Tienen menos de cuarenta años y un extenso recorrido académico. Alejados de los estereotipos, rompen con la idea de que viven en una burbuja. Quiénes son los nuevos científicos de la Ciudad

Cuando en la escuela primaria a Ana, Ariel, Francisco y Martín les hablaban de científicos, la imaginación viajaba a mil por horas. Como la velocidad de la luz. Todavía no sabían que en el futuro, no muy lejano, ellos serían científicos. Serían algo bien diferente a la idea que los dibujos animados y los manuales de ciencia de la época entendían por tal. Predominaban hombres mayores, canosos y algo «raros». El prototipo de investigador al que se suele incurrir de niño, es el de guardapolvo blanco, lentes bifocales, tubos de ensayo y microscopio. El presente derrumba esa estigmatización. El «raro» de pelos parados y que vivía en una burbuja es bien diferente a los que el nuevo milenio presenta como científico. Así como decayó esa idea, el predominio masculino para hacer ciencia es algo del pasado. De jeans y zapatillas, sin lentes y con menos de cuarenta años, los cuatro representan la nueva camada de investigadores y científicos de la Ciudad.
Según el diccionario de la Real Academia, la palabra científico deriva del latín Scientificus: «que tiene que ver con las exigencias de precisión y objetividad propias de la metodología de las ciencias». Pero es gracias a Thales de Mileto, en el siglo V a de C., de donde se remonta el estereotipo del científico loco, o por lo menos distraído. Cuenta la leyenda que Thales de Mileto estaba tan absorto contemplando el cielo que se cayó en un pozo. Salvando las distancias, y sin caerse en ningún pozo, los ejemplos locales, literalmente, se la pasan leyendo. Contemplando las palabras. Trasladan en libros, pen drives o computadoras portátiles toneladas de información. «Siempre tienen algo para leer», dicen desde su entorno. Ellos, no lo desmienten. Martín, economista; Ariel, ingeniero agrónomo; Francisco, químico; y Ana, bióloga con orientación en paleontología son cuatro buenos ejemplos del prototipo del investigador modelo 2000. Aquel que retira los hijos del colegio, juega a la pelota, practica danzas árabes, cocina y lava los platos. La vida entre las responsabilidades modernas y el laboratorio.
FILOSOFO EN QUIMICA
El libro del escritor Marcos Aguinis, «Pobre patria mía», con un señalador que indica que su dueño va por la mitad, reposa sobre la mesa de luz de Pancho. Así llaman todos a Francisco Ibáñez (36). Un ingeniero, doctor y «filósofo» en química. Una rareza para estos lares. Fue gracias a una duda de su padre médico que se dio cuenta que era un «Ph.D». Abreviatura que le dan al concepto que deriva de la palabra filósofo en la Universidad de Louisville, Estados Unidos. «Una vez que me explicaron qué significaba, me di cuenta que es la manera que más me identifica para decir qué soy. Por más que acá no se utilice, me parece que engloba muy bien a lo que apunta. Quiere decir apasionado en la química. Refleja muy bien el deseo permanente de aprender. Yo soy eso».
Antes de ser una eminencia en Nanociencias y Nanotecnologías hay una historia que comenzó en Mendoza. Siguió en Japón, pasó por Estados Unidos y Europa y llegó a las diagonales. Cuando faltaba muy poco para el título, Pancho cumplió con la idea para la que tanto había ahorrado: viajar por Europa. El visionario de su padre le propuso que el viaje tuviera una parada previa. «Me pagó el curso de inglés en New York», dice. Poco faltaba para que el viejo continente lo tuviera en sus tierras. Después de casi cinco meses, en 1999 regresó a su Mendoza natal para dar los últimos finales. Con el olvidado Y2K, referencia utilizada para el cambio de milenio, Francisco recibió el título de la Universidad Tecnológica Nacional Facultad Regional Mendoza (UTNFRM).
Su título todavía conservaba el olor a nuevo cuando llegó la beca para especializarse en medio ambiente, en la Universidad de Hiroshima, Japón. «Viví mucha soledad y del japonés no entendí nada», relata y sonríe. Las fiestas de fin de año se asomaban y el regreso a su ciudad era inminente. Se reencontró con su novia Carolina Alonso, también química, y «como ella me planteó que en Louisville le costaba mucho todo, decidimos radicarnos un tiempo en Estados Unidos». Ese tiempo se prolongó por ocho años y tuvo al primer descendiente de la pareja: Ramiro, su hijo pincharrata de cuatro años. La pareja espera al segundo hijo, del que se sabe será varón y nacerá en La Plata. Ciudad que acaba de ser nombrada «ciudad hermana de Louisville. Tienen muchas cosas en común. Estamos trabajando para generar un vínculo más intenso con la Universidad», adelanta.
«Tomé la decisión de hacer alguna especialización. Fui a la biblioteca y le pedí un libro de nanotubos de carbón. No entendí nada. Aclaro, eso fue hace ocho años», dice el dueño de la taza que tiene la leyenda «Happy», al lado del portarretrato de madera con la foto de Ramiro. En su estadía en EE.UU. cosechó una maestría, un doctorado y un post doctorado. Acto seguido de contar sus logros académicos, aclara «no soy brillante, ni un genio. Me costó mucho mi carrera, pero fue gracias a mi dedicación y pasión que puedo afirmar que estoy muy conforme con el recorrido», confiesa Pancho.
En los pasillos del Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (INIFTA), en donde Pancho efectiviza su beca de reinserción del CONICET, todos lo identifican por su tonada mendocina. Durante la charla, mientras ceba mate, se mezclan el acento natal, el español y el inglés. Ejemplifica qué es eso de lo «nano» cuando señala su alianza de oro que sobresale de su dedo anular. Cuando se lo lleva a los más mínimo de lo mínimo, el oro sigue siendo el mismo material, sólo que éste modificará su tamaño y su color. «Es la ciencia del estudio de lo pequeño», sintetiza Pancho, un admirador confeso de la literatura de Leopoldo Marechal.
El científico en él funciona las 24 horas, los siete días de la semana. Lee publicaciones por Internet pero también es un padre que cocina salsa de mariscos, retira a su hijo del colegio, juega a la pelota, y adora preparar el asado de los domingos. Confiesa que le gusta la literatura antes de dormir y que la idea del regreso al país era algo que la pareja conversaba. «Con mi esposa sabíamos que queríamos volver. No queríamos envejecer y que nuestros hijos sean sólo nuestra familia. La Argentina se merecía una oportunidad. Tengo el privilegio de formar parte de uno de los equipos de investigación más dinámicos de nuestro país -resume-. Uno aprende de gente muy importante como es el Dr. Roberto Salvarezza y de todos los colegas. Sin dudas soy un privilegiado por poder hacer lo que más me gusta y, encima, que me paguen por ello».
HOMUS OECONOMICUS
A sus 34 años Martín Tetaz es un reconocido economista especializado en «Economía del comportamiento». Una mezcla entre psicología y economía. Sólo le resta entregar la tesis para obtener la maestría en Psicología Cognitiva en la UBA. Para este platense, soltero y amante de los deportes al aire libre, «hay que encontrar ese lugar clave o nicho para desenvolverse. Yo encontré el mío entre la conjunción de estas dos ciencias, que como investigador me da una visión más amplia», explica.
En el mismísimo momento en que Fernando De la Rúa se tomaba el helicóptero, Martín se preparaba para los festejos de su recibida. Unas horas antes de que el país se quedara sin presidente, él rendía su último final. A los meses, se dedicó a enviar a cuanta consultora había su modesto curriculum. «Ahora puedo decir que menos mal que no me tomó ninguna -confiesa-. Como investigador y docente puedo manejar mis propios tiempos. Veo a colegas que se bajan de las combis muertos de cansancio». La rutina diaria combina jornadas en las facultades de Ciencias Económicas y Jurídicas de la UNLP, la Universidad Nacional del Noroeste (UNNoBA) y el Centro de Estudios Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (CEDLAS).
Cuando en el 2002 la academia sueca le otorga el Premio Nobel de economía al profesor de psicología Daniel Kahneman, la noticia a Martín se le presentó como una clara visión. Las contribuciones más importantes del premiado se refieren a la toma de decisiones en situaciones de incertidumbre, mostrando cómo la decisión de los individuos puede en forma sistemática apartarse de las predicciones de la teoría económica tradicional. Martín abrazó la idea. Se proponía ampliar el concepto de la teoría económica «Homo oeconomicus», utilizado por la escuela neoclásica para modelizar el comportamiento humano. Según esta teoría, es una representación imaginaria del hombre, que se comportaría de forma perfectamente racional ante estímulos económicos. Esa representación del hombre es capaz de procesar adecuadamente la información que conoce y actuar en consecuencia.
Martín podría cumplir muy bien con el fisic du rol de un abogado y también con el de un economista. Es un mezcla entre yuppie e intelectual. Pantalón de vestir, camisa blanca recién planchada y teléfono celular, que se maneja tocando la pantalla, advierten que se está en presencia de un hombre moderno y tecnológico. «No tenés un jefe encima, sos el jefe de tus propios tiempos», dice. Sin nadie que lo espere después de las jornadas diarias, cuando llega a su casa cocina arroz con atún y mira lo que le interesa en el monitor de la PC. Resalta que no tiene tele porque mira «sólo lo que quiero, y eso seguro está en Internet».
La decisión de estudiar economía llegó cuando sintió la necesidad de refutar y discutir con argumentos sólidos la famosa ley de convertibilidad impulsada por su hoy colega, Domingo Cavallo. «Me interesó la política económica desde entonces, pero recuerdo que cuando tenía trece quería ser arquitecto. Como no puedo dibujar ni una casa, desistí. En quinto año quise ser médico, pero ví un accidentado ensangrentado y me desmayé -recuerda Martín-. Como enseñanza, y aconsejando a los más jóvenes, diría que hay que hacerle caso a la vocación, que se olviden de la salida laboral».
A LOS 6 AÑOS
Un simple regalo de cumpleaños selló el destino de Ana Paula Carignano. Tenía seis años cuando recibió un juego de madera balsa para armar un dinosaurio. Veintitrés años después, detrás de su microscopio en las «catacumbas del Museo de Ciencias Naturales», como ella llama a los laberínticos pasillos para llegar a su laboratorio, responde como una joven becaria del CONICET. Su título la presenta como bióloga con orientación en paleontología. Cuenta que cuando se recibió, su camada fue noticia por lo numerosa de la promoción: doce graduados.
«Me fascina -repite- me fascina», así responde Ana. Aclara que lo suyo es puramente «vocacional, ya sabés que rico no te vas a volver». Algo que aprendió muy bien en los seis años y medio de estudiante. Los dos primeros rasgos de su personalidad se manifiestan de entrada. Es práctica y ejemplifica todo. A lo mejor porque sabe que muchos desconocen a qué se dedican los paleontólogos. «Estudiamos cómo viven los bichos en el pasado», aclara. Cuando habla del pasado, habla del pasado del pasado. De millonésimos años atrás. A eso le presta toda su atención en más de las nueve horas de cada jornada.
Infinidades de oportunidades le confundieron su objeto de estudio. Ana se defiende cada vez que le hablan de pirámides y tribus de indios. También sabe que «hablamos raro, por eso muchas veces aclaramos antes», cuenta. En su pequeño laboratorio comparte las mañanas con el dibujante del Museo. Primero escuchan a Magdalena Ruíz Guiñazú y después a Víctor Hugo. El mate, la notebook y la radio le dan forma a la trilogía infaltable de cada día. La rutina sólo se altera cuando participa como ayudante de la cátedra de micropaleontología.
Si hay alguien bien alejado del típico prototipo de científico, esa es Ana. Sus clases de danzas árabe acaban de ser suspendidas por una lesión y confiesa que «cuando llego a casa lo primero que hago es lavar los platos de la noche anterior». La charla fluctúa entre ciencia pura y cotideaneidades propias de una mujer en pareja con la responsabilidad de llevar una casa adelante. «Me alcanza para vivir bien, un poco ajustado en realidad -dice y compara-. Es como le tocó a nuestros viejos. Me preocupa pensar que nuestra generación no va a poder comprarse su propia casa».
Para Ana, el inglés «es el esperanto de los científicos. Se usa absolutamente para todo, es un herramienta indispensable». Pero no siempre pensó lo mismo. Odiaba y rezongaba cada vez que su madre la mandaba a aprender. Hoy, asegura que se lo agradece. Como a toda mujer le encantan las carteras, los zapatos y los maquillajes. En cuestiones musicales el gusto es amplio. Se reconoce una privilegiada por el hecho de poder haber estudiado y ejerce con la máxima responsabilidad su rol de investigadora. «Quiero devolverle al país todo lo que me dio -confiesa-. Obtener la educación universitaria casi gratuita no sucede en otras partes del mundo. Yo quiero que mi país vaya para adelante».
¿Quién se atrevería en calificar a Ana, por su corta edad, como «Pichi»? Ella misma lo hace. Reconoce que está dando los primeros pasos en algo que soñó de niña. «Yo estoy viviendo el sueño del pibe. Es como jugar en primera», dice esta joven mujer que se reconoce una seguidora de Meryl Streep y Dustin Hoffman. Para definir cuáles con las cosas que le molestan de su profesión, demora unos segundos. En seguida responde, «la burocracia, la odio. Eso de tener que completar pilas de formularios, todo por triplicado, me mata. Pero qué se le va a hacer, no queda otra. Es indispensable».
«ES MAS DIFICIL SER PAPA QUE INVESTIGADOR»
El lado más científico de la ciencia podría no creer en la suerte. Pero Ariel Vicente parece convencido cuando afirma que «tuve suerte». Lo dice cuando se le pregunta por su ingreso al Centro de Investigación y Desarrollo en Criotecnología de Alimentos (CIDCA). Este platense de 34 años, fanático de Gimnasia y Esgrima e hijo de uno de los ex presidentes de la institución, relata que a los tres meses de graduarse como ingeniero agrónomo de la UNLP, logró ingresar en un camino con el que está más que satisfecho. El de la investigación, bajo la dirección de la Dra. Alicia Cháves. Dice que cree que son los primeros pasos para una carrera académica dentro de la Universidad.
Cada mañana, después de llevar a su hija Mercedes de ocho meses a la guardería, se dedica a la investigación de las post cosecha y procesamiento de frutas y hortalizas. Especialización que lo llevó a realizar un Master en Fisiología y Biotecnología en la Universidad de California-Davis. Si no fuera por esas cosas mundanas de la vida y contradiciendo todo su amplio currículum, que lo deja al descubierto como doctor de la facultad de Ciencias Exactas y como especialista en manejo poscosecha de frutas y hortalizas, de la facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Rosario, nadie le creería cuando dice que «se me pudren las frutas en la heladera».
Recorrer el currículum de Ariel demanda tener paciencia y pasar hoja tras hoja. Su primer reconocimiento fue en 1999 cuando recibió el premio Joaquín V González a los mejores egresados de la Universidad Nacional de La Plata otorgado por la Municipalidad de la Ciudad. 9,15, delata su analítico. «En el último año de la secundaria, en el Nacional, confirmé que mi vocación tenía que ver con esto. Me encantaba la biología. Primero pensé en estudiar bioingeniería, pero como sólo se dicta en Entre Ríos, opté por quedarme a estudiar en mi ciudad», explica Ariel, investigador adjunto de CONICET y jefe de trabajos prácticos de análisis químico de la facultad de Cs. Agrarias y Forestales de la UNLP.
Cuando llegó la posibilidad de la beca, Ariel todavía jugaba al fútbol para el equipo de los solteros. Los primeros seis meses de su estadía en Estados Unidos fue sin pareja. Para que su novia y actual esposa, Victoria Zabala, lo acompañe, regresó al país y dio el sí. «Ella es ingeniera química. Trabajábamos laboratorio de por medio -cuenta-. Son muchas las horas que uno le dedica a esto, es muy bueno que tu pareja entienda y comparta. Eso ayuda y hace todo más fácil». Para Ariel, la experiencia de probar en otro país «es fundamental. Contás con recursos que, a lo mejor, acá nunca los vas a tener», explica el responsable de armar, cada noche, los tapper con la comida del almuerzo de la pareja.
Ariel se reconoce familiero y paseador. Le gustan las salidas al aire libre y confiesa que no va mucho a la cancha. Es tímido y se lo nota callado. «Sé que muchos cuando les digo que soy investigador me miran raro, todavía predomina la idea del científico loco de guardapolvo blanco», remata. A la hora de hablar de los ingresos, dice que mejoraron pero que en el ámbito privado ganaría mucho más. Cuando compara con colegas del mundo, cuenta que una amiga y colega suya, en Estados Unidos, gana ocho veces más. «Hay que pelearla, no queda otra -asegura-. La calidad de los investigadores argentinos es excelente. Gozan de muy buen nivel y prestigio, pero si tengo que decir qué me resulta más difícil, respondo, sin dudarlo, ser papá».
http://www.eldia.com.ar/edis/20090524/revistadomingo0.htm