Hace 65 años que vuelo en el circo, pero siempre soñé con ser payaso»
“Soy el único que a esta edad puede hacer un doble salto mortal, una triple vuelta, o un tirabuzón”, afirma orgulloso, y agrega que se lo reconoce “simplemente porque vuelo por allá arriba”.
Antonio comenta que la edad promedio para abandonar esta actividad tan riesgosa ronda los 55 años. Sin embargo, afirma que se siente en condiciones para llevar a cabo los trucos más peligrosos. “Sucede que en esta época ya se ha profesionalizado mucho la actividad, el circo no es igual que antes, la gente quiere ver cosas nuevas”, señala.
Sus comienzos
Ya de muy pequeño Antonio estuvo vinculado a la vida circense. Sus padres habían formado una compañía en Chaco que llevaba el nombre de la familia y todos actuaban en las funciones. “Nos llamábamos Circo de los Hermanitos Pereira, porque desde chicos participábamos en las funciones. Yo seguí el camino de mi madre, que también fue trapecista. Mi padre, en cambio, era payaso”, dice con una mirada nostálgica.
Mientras recuerda sus primeros años en los trapecios, cuando tenía sólo 11 años, asegura que hubiese preferido compartir el oficio de su padre, pero nunca tuvo las condiciones necesarias para lograrlo. “Hay que tomarlo en serio al payaso, es muy difícil pararse en cada función y hacer reír a un público diferente, sin llegar a la grosería”, señala Antonio, y agrega: “Yo creo que es más fácil ser médico que payaso. Un circo sin payaso ni trapecista, no es circo”.
Una cabellera blanqueada por el paso del tiempo y un cuerpo lleno de “medallas”, como se refiere a los golpes que le dio su profesión a lo largo de la vida, se complementan con las historias que cuenta su memoria. Desde su comienzo, vivió un gran cambio en el circo de Argentina y el mundo.
Cuenta que las primeras carpas en las que actuó no tenían siquiera techo, estaban delimitadas sólo por paredes de arpillera. Consistían en un mástil de 6 metros, rodeado de troncos de madera que funcionaban como asientos y una lona que marcaba la pista. Afirma que de allí viene el nombre de los “gallineros” por las condiciones del recinto donde brindaban las funciones.
Un artista de nivel mundial
El paso de actuar en los pueblitos de su Chaco natal a los grandes circos de nivel mundial no sucedió de un día para el otro. Mientras trabajaba con su familia enfermó gravemente y su madrina se encargó de cuidarlo. Ella formaba parte de un grupo de música folklórica y lo llevó a recorrer todo el país.
En Buenos Aires consiguió entrar al Circo de los Hermanos Ribero, “donde me vieron condiciones y me perfeccionaron como trapecistas”. Comenta orgulloso, en una más de su inagotable repertorio de anécdotas, que su debut en este circo fue frente a Luis Sandrini y Olinda Bozán.
A fines de la década del 50, hizo un casting que cambiaría para siempre su rumbo en las pistas, y quedó como uno de los mejores trapecistas del mundo. Junto a otros 19 artistas, provenientes de países como Japón, Alemania, México, Chile y Argentina, fue convocado para una empresa que se llamó Las Águilas Humanas, y estuvo de gira por América durante 3 meses.
“Trabajábamos a 26 metros de altura, y en el viaje 3 compañeros fallecieron frente al público”, comenta Antonio en referencia a los riesgos con los que trabajaba. Asegura que a tanta distancia del suelo, por más que tuviera la protección de una red, la caída puede resultar letal.
Su currículum parece ser interminable, pues antes de llegar al Palace de Moscú, donde se desempeña actualmente, figuran en su haber un sinnúmero de circos. Entre ellos menciona el de Las Águilas Humanas argentinas, que formó con sus compañeros compatriotas de la antigua compañía, el circo Casalli, el Rodas, y el Real Madrid.
Espíritu del circo
Cuando mira hacia atrás en el tiempo, y recuerda toda una vida frente al público, asegura que hay una variable que se mantiene a pesar de los cambios en los espectáculos de la actualidad. “Nos han cortado los brazos al quitarnos animales como los tigres o los leones. Entonces tenemos que hacer resaltar el espíritu del circo, la grandeza de vivir y entregar la vida por lo que hacemos para el público”, afirma Antonio.
En el aire parece sentirse tan cómodo como en la tierra. Sostiene que la emoción que vive cuando baila con los trapecios es “terrible”, y que comparte cada truco con la audiencia. Abre los ojos bien grande e imita al público, mientras dice: “Siento los mismos nervios que la gente que mira desde abajo, la ansiedad de ver qué hará el artista”.
Asegura que las reacciones de los que están sentados en las gradas suelen ser variadas. Refiere a aquellos que lo aplauden desde un comienzo y los que no esperan mucho de él. “Cuando entro al circo hay gente que se ríe -sostiene Antonio-. Antes yo me enojaba, pero con el tiempo comprendí: soy una persona vieja, y piensan que voy a hacer una pavada, pero luego los sorprendo”.
Por ello comenta que una vez que se baja y escucha el aplauso del público, piensa para sí mismo “misión cumplida, porque se siente un gusto amargo cuando se falla en un truco”.
“A veces me dicen que soy un loco, porque hago esto a mi edad. Pero la mayoría de los grandes sabios estaban locos”, exclama con los brazos abiertos, como si estuviera volando.
Luis Schlossberg
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