Fue nuestro primer destino juntos. Salta. Sin tanta expectativa, la recorrimos y me enamoré. Un poco más de él, y por primera vez de ella.
Elijo una anécdota para compartir. Lugar: dique Cabra Corral. Fuimos a investigar qué hay. A intentar hacer algún deporte acuático, o algo por el estilo.
Entonces ahí lo vimos, al puente y a un chico que se preparaba para saltar de cabeza ¡al agua! Sí, bungee jumping . Un salto desde una rampa metálica montada sobre el puente, se salta desde una altura aproximada de 40 m. Sujetado de los tobillos a una soga elástica, la persona puede elegir tocar el agua o no. Luego del salto lo descienden a una embarcación y lo llevan a la costa navegando.
Federico miraba y miraba… Haciéndose el desentendido me dijo: Qué copado estaría hacer eso, ¿no? ¿Querés? Yo no quise, pero lo incentivé para que vaya.
A partir de ese momento, por una hora se quedó callado mirando el agua desde el puente, y tratando de ver qué sentía y qué pasaba con cada uno de los que se tiraban.
Miraba y miraba, y cuando le preguntaba si se iba a tirar o no, con una tonalidad entre blanca y amarillenta en su piel, y con la voz medio temblorosa, me decía que no se decidía.
Hasta que se decidió a tirarse.
Mientras llenaba los papeles requeridos para la ocasión empezó a ponerse más y más serio…, y más y más blanco.
Hasta que finalmente subió a la especie de trampolín desde donde tenía que pegar el gran salto.
Yo desde abajo lo miraba y gritaba alentándolo.
Hasta que se acercó al final de la rampita, miró el agua, y dijo: «¡Ah, no, yo de acá no me tiro!»
Bueno, así estuvo unos cuantos minutos. Se acercaba, miraba, se ponía blanco y se alejaba.
Cuando me di vuelta, el puente parecía un teatro de Mar del Plata en pleno enero. La gente le gritaba: «¡Dale flaco, tirate de una vez».
Así, después de tremendo show gratuito para la gente que se encontraba ahí, finalmente pegó el salto.
Según él se hubiera vuelto a tirar un par de veces más al menos, aunque aun horas después, apenas hablaba de tanto shock.





