El 14 de mayo de 1796, cuando Jenner inoculó en la mano de un chico de ocho años materia tomada de las pústulas de una lechera para inmunizarlo contra una de las plagas más mortíferas de su época, la viruela, difícilmente podría haber imaginado que dos siglos más tarde la vacunación sería la estrategia más efectiva y versátil para prevenir enfermedades infecciosas.

Foto: El Pais.com
En la Argentina, cuando finalice 2003, se habrán aplicado 28 millones de dosis de vacunas a un costo aproximado de 22 millones de dólares.
Esa suma y, lo que es más importante, el conocimiento que surge de esos desarrollos, enriquecen rutinariamente las arcas y el acervo científico-tecnológico de los países productores de las inmunizaciones, como la India, Francia, Estados Unidos, entre otros. A poco de considerar estos hechos surge una pregunta casi obvia: si el país cuenta con investigadores y técnicos que podrían afrontar perfectamente la tarea, ¿por qué no producir las vacunas en el país?
Según los integrantes del Grupo de Gestión de Políticas de Estado en Ciencia y Tecnología, que recibió adhesiones de 1200 personas pertenecientes a 55 instituciones, una decisión en este sentido tendría múltiples beneficios: permitiría devolver a la comunidad el esfuerzo invertido en la formación de sus investigadores, brindaría la posibilidad de adaptar las inmunizaciones a las cepas virales circulantes en nuestro territorio, evitaría engrosar la deuda externa y abriría la puerta a exportaciones con conocimiento agregado.
Un caso ejemplar es el de la vacuna contra la tos convulsa. Un informe técnico elaborado por dos grupos de investigación de la Universidad de La Plata, dirigidos por las doctoras Daniela Hozbor y María E. Rodríguez, muestra que la cepa del agente causal, la Bordetella pertussis , incluido en las formulaciones importadas y que integra las vacunas Triple y Cuádruple del Calendario Nacional, no tiene las características de los microorganismos que producen la enfermedad en la Argentina, lo que disminuye su eficacia. Los 60 millones de casos anuales de esta enfermedad respiratoria que se registran en el mundo después de 40 años de vacunación muestran cuáles son los resquicios que esta inmunización deja al descubierto. (El informe completo puede solicitarse a [email protected]. edu.ar )
Para Martín Isturiz, jefe de inmunología básica del Instituto de Investigaciones Hematológicas de la Academia Nacional de Medicina, la producción de vacunas permitiría también integrar la ciencia y la tecnología al resto de la sociedad. «Nuestra mayor debilidad es el aislamiento -afirma-. Si la ciencia se reduce a una abstracción intelectual, se transforma en soberbia.»
Lógicamente, las vacunas importadas no se podrán reemplazar en forma inmediata, pero sí en un futuro no demasiado lejano. De hecho, el Instituto Biológico de La Plata ya produce la BCG para su uso en toda la provincia de Buenos Aires, y la Administración Nacional de Laboratorios e Institutos de Salud Carlos G. Malbrán (Anlis) se sumaría gustosamente a esta iniciativa.
Para los investigadores, no se trata meramente de un problema de costos. «Si no fuéramos competitivos, ¿deberíamos abandonar el intento de producir las vacunas? -se pregunta Luis Ielpi, director de la Fundación Instituto Leloir-. Aun si nuestros costos igualaran los de los productos importados, o si los sobrepasaran levemente, sería mucho mejor desarrollar una capacidad tecnológica cuyos frutos volverían a la sociedad que la genera.»
Fuente: La Nacion
http://www.lanacion.com.ar/544537-vacunas-made-in-argentina




