

Viajando desde Bariloche (a unos 100 kilómetros) o desde Buenos Aires, el encantamiento comienza en las laderas cordilleranas, en las que se ven rocas basálticas esculpidas por la erosión. Más adelante, los cerros se cubren de ñires y cipreses y al llegar a la olla que ocupa Traful, en este rincón del Parque Nacional Nahuel Huapi, el bosque presenta muy altos coihués y lengas por las que trepan frondosas enredaderas. Así es el camino que conduce a la aldea y acompaña el contorno del lago Traful.
Los 500 habitantes de Villa Traful velan por su conservación. Entre otras cosas, aquí están prohibidos los deportes de alto impacto sonoro. No se permite el esquí acuático ni las motos de agua. En cambio, sí circulan lanchas de paseo y de excursiones de pesca, una de las principales actividades de la villa.
El lago es uno de los mayores reservorios del mundo de salmones encerrados, y también es hábitat de trucha arco iris, marrón y fontinalis. Pero además, cuenta con un atractivo especial que forman unos 60 cipreses secos que se levantan desde su lecho y que se conoce con el nombre de «bosque sumergido».
Más allá de los paseos por el lago, en Traful esperan otras aventuras: cabalgatas hasta la cascada del arroyo Coa Có; trekking hasta una cueva con pinturas rupestres; avistaje de fauna andina, o un paseo de aventura en 4×4 y a caballo hasta la cascada Ñivinco, con sus 4 saltos.
La arquitectura de la aldea no desentona con el marco natural. Hasta la estación de servicio es de madera y piedra. La mayoría de las hosterías, cabañas y proveedurías están de cara al lago, con sus cuidados jardines que brillan bajo el sol. La villa, de 144 hectáreas, cuenta con unos 10 establecimientos para alojarse y varios campings




