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Científicos Argentinos de pie: la evolución de la investigación en los últimos años

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Científicos Argentinos de pie: la evolución de la investigación en los últimos años

Posted on 20 agosto 2011 by hj

La ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Coordinación y textos: Sebastián Zírpolo (@Se_Bass) y Federico Kukso (@fedekukso)
Fotos de Vera Rosemberg
Produccion María Córdoba

En una ventana del segundo piso hay un lienzo blanco escrito a mano con una fibra negra de trazo grueso y prolijo. Dice «Ciencia de Pie». Se ve desde la calle y, mirado desde el parque Centenario, funciona como eslogan del nombre del edificio que corona la fachada, Instituto Leloir, escrito en letras de molde color bronce, letras grandes, letras oficiales.

La función de refuerzo simbólico del cartel artesanal, apoyado sobre el vidrio que da a la avenida Patricias Argentinas, parece involuntaria, pero puede no serlo: así como lo vimos nosotros desde la calle, y lo ven de reojo los vecinos mientras trotan en el parque, lo ve también el subsecretario del área tal que visita el edificio para discutir políticas presupuestarias. Hace poco, Cristina Fernández visitó el Instituto Leloir – fue el día que resbaló y se golpeó contra una reja- y, si al entrar levantó la mirada, habrá visto ella también el significante de la pancarta sobre el nombre del edificio, porque para eso estaba, para ser visto por todos y todas, y habrá hecho Cristina alguna de las dos lecturas posibles, porque Instituto Leloir + Ciencia de Pie, una imagen real que puede aplicarse metafóricamente a cualquier otro centro de ciencia del país, puede ser un diagnóstico o puede ser un reclamo, pero más bien puede ser las dos cosas.

En 2007, Néstor Kirchner cumplió lo que venía amagando hacia dentro de la estructura política científica y creó el ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva. Al frente puso a un científico de carrera, Lino Barañao, que hasta entonces dirigía la Agencia Nacional para la Promoción Científica y Tecnológica, que había sido creada por Carlos Menem en 1996 como un intento de revertir la política científica de su primer período de gobierno, que tuvo su sinceramiento en 1994 cuando Domingo Cavallo mandó a los científicos «a lavar los platos». Los investigadores que vivieron aquellos años comparan la oscuridad de la época, salvando las distancias republicanas, con la intervención a las universidades nacionales en el gobierno de Onganía, en 1966. Para Diego Golombek, científico y al mismo tiempo uno de los grandes divulgadores de ciencia en Argentina, con la elevación a rango de ministerio en 2007, «la ciencia pasó a formar parte del discurso oficial ya no como declamación política -apoyar a la ciencia-, sino como política de Estado: apoyarse en la ciencia». De 2008 a 2010, el presupuesto que el Ministerio ejecuta para fomentar la investigación científica se duplicó hasta los 2100 millones de pesos y ha sido destinado a elevar el sueldo de los investigadores, a repatriar a científicos que trabajan en el exterior y a crear programas de financiamiento para ciencia básica y ciencia aplicada. El momento se transformará en monumento cuando quede inaugurado el nuevo edificio del Ministerio en el Polo Científico de las ex bodegas Giol. Como cuenta pendiente figura incrementar el presupuesto para financiamiento de la ciencia con recursos del Tesoro nacional. Cuando termine 2011, se habrá invertido en ciencia y tecnología el 0,52% del PBI, la mitad de lo que propone la Academia de Ciencias del Tercer Mundo como piso para dinamizar el desarrollo de países como el nuestro. Con todo, la situación es mejor que hace diez años, cuando la inversión del PBI en ciencia y tecnología era del 0,3%.

La revancha de la ciencia también es simbólica en el imaginario social. Desde que los mandaron a lavar los platos hasta hoy, hubo un cambio en la percepción ciudadana sobre la necesidad de tener científicos trabajando, al menos para que haya alguien que esté pensando el país de acá a cincuenta años, como alguna vez lo hicieron los premios Nobel Bernardo Houssay, Luis Leloir y César Milstein. Una muestra de la cercanía de la ciencia con el público general es Tecnópolis, la exposición de ciencia y tecnología que se realiza desde el mes pasado en Villa Martelli, predio en el que se levantará un museo permanente dedicado a la ciencia que se terminará de construir en mayo del año próximo. Una obviedad que hay que destacar para no repetir en la ciencia argentina discursos posesivos que se han apropiado de otros ámbitos en los últimos tiempos: Argentina produce científicos de excelencia desde hace más de 60 años, y si bien el momento es histórico por los presupuestos y la reivindicación de su rol político, también lo es por la concientización social de que un país sin ciencia es inviable. Luego hay que tener la visión de interpretar la demanda y convertirla en gestión de gobierno, pero si los movimientos son de abajo hacia arriba, el piso de exigencia de políticas científicas a todos los gobiernos futuros ya no será el mismo, aunque por supuesto que mañana todo puede volver a empeorar. Los científicos elegidos por Brando vienen haciendo ciencia en el país desde hace más de treinta años, trabajan en proyectos que han cambiado la ciencia básica y pueden modificar la vida cotidiana de la humanidad, aunque su principal objetivo sea crear conocimientos más allá de la aplicación de sus descubrimientos. Pero no son los únicos. Una crítica legítima que podemos recibir es que faltan nombres. Es esa observación la confirmación de nuestra hipótesis de la revancha de la ciencia: hay muchos más. Salgamos a buscarlos. La ciencia no produce noticias, produce historias. Estas son sólo algunas.

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Alberto Kornblihtt Biólogo molecular, 57 años.
Descubrió el mecanismo que regula el splicing alternativo.
Por S.Z.
Cada tanto piensa en retirarse, en dejar de investigar, en abandonar la ciencia y volcar su energía en otros asuntos nuevos, diferentes. Alberto Kornblihtt es biólogo molecular y uno de los científicos más comprometidos públicamente con las políticas de educación y ciencia del país. Docente, investigador y referente mundial en los mecanismos que regulan el splicing alternativo, la manera en que un gen produce más de una proteína, Kornblihtt fantasea con dedicarse a sus gustos más personales, más volcados a las humanidades -el teatro, la música, la arquitectura- que a la ciencia básica. Pero no lo hace, y probablemente no lo vaya a hacer nunca. «Esto me apasiona», dice moviendo los brazos en círculos señalando su pequeña oficina, pero también el laboratorio del Departamento de Fisiología, Biología Molecular y Celular que él dirige, sus discípulos, las aulas de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, donde enseña, Ciudad Universitaria y todas las universidades públicas y los centros de ciencia del país. Para Kornblihtt, educación pública y ciencia son indispensables e indivisibles. «La universidad es el lugar donde se genera conocimiento y donde los que lo generan lo transmiten. Eso se transforma en un método analítico que se puede aplicar a cualquier disciplina», dice.
Obsesivo de los mecanismos que hacen que las cosas funcionen como lo hacen, destaca de la tradición científica argentina el respeto por los hábitos de investigación, la rigurosidad y la transmisión oral como explicación para el alto nivel de científicos argentinos, a pesar de las largas décadas de vaciamiento presupuestario. «La decisión de crear el ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva es muy positiva, lo digo como sociedad. Después hay una discusión sobre cómo distribuir los recursos entre investigación pura y básica y una investigación más tecnológica o aplicada. Yo creo que todavía vale la pena invertir más en la ciencia básica», dice, y defiende el efecto a largo plazo de su trabajo: no estudian, aclara, la cura de una enfermedad o la generación de un organismo transgénico, sino que trabajan aprendiendo a pensar.
Por eso sostiene que el principal efecto de su estudio es la ampliación del conocimiento. «Conocer cómo funciona el splicing alternativo es fundamental, porque la diferenciación de las células no ocurre solamente porque algunos genes se encienden y otros se apagan, sino porque en aquellos que se encienden es importante qué proteínas fabrica. Esa regulación determina el destino celular», dice. Al mismo tiempo que celebra la inclusión de la ciencia en el discurso oficial, se lamenta por la falta de interés de los candidatos presidenciales opositores por la política científica y asegura que, al menos en su caso, su pensamiento político y su actividad como investigador son imposibles de disociar. Sin embargo, pese a su afinidad con el Gobierno, descarta la posibilidad de ejercer un cargo político. «No tengo una ambición de poder real», aclara.

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Archivo La Nación
.Hugo Luján
Químico, 50 años
Desarrolló una vacuna contra un parásito que afecta a 200 millones de personas por año.
Por S.Z.
Hugo Lujan dice que ahora, a los 50 años, está retomando su sueño de juventud: cambiar el mundo. Desde su laboratorio de Investigación en Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Católica de Córdoba salió la patente de la primera vacuna contra el parásito Giardia lamblia, que se aloja en el aparato digestivo y provoca diarrea, mala absorción de nutrientes y -en chicos- desnutrición. Según la Organización Mundial de la Salud, 200 millones de personas al año contraen Giardia lamblia, un parásito que tiene la habilidad de sortear la respuesta inmune del organismo humano cambiando la estrategia de ataque: tiene doscientas variantes diferentes. Ese mecanismo se llama «variación antigénica», y lo que descubrió Luján es la manera en que el parásito cambia de ropa para evitar ser destruido por el sistema inmunológico. Conocida su estrategia, logró desmontarla y desarrollar la primera vacuna contra el Giardia lamblia. Pero fue más allá: como esa vacuna puede ser administrada vía oral sin ser destruida por el sistema digestivo (la mayoría de las vacunas son inyectables por esa razón), descubrió que puede ser utilizada como vehículo para que otras vacunas contra infecciones (como la gripe) puedan ser también orales, lo que elimina el riesgo infecto-contagioso de la inyección y las agujas y las convierte en mucho más efectivas. Este descubrimiento, por el que los laboratorios multinacionales ofrecieron millones de dólares, desembocará en un proyecto farmacéutico estatal financiado por el ministerio de Ciencia que sólo será licenciado en manos privadas para desarrollar vacunas que solucionen problemas de salud pública en todo el mundo. «Podríamos haber hecho todo esto en colaboración con científicos de afuera, pero decidimos jugarnos solos desde un laboratorio del interior y con menos recursos para que quedara en Argentina», dice Hugo desde Córdoba, donde estudió Química siguiendo el ejemplo de su papá, fundador de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Católica.

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Archivo La Nación
.Diego Golombek
Biólogo, 47 años
Estudia cómo funciona el reloj biológico
Por S.Z.
La primera vez que le hablaron de reloj biológico, estaba en la facultad y no entendía bien qué hacía ahí. De inclinaciones humanísticas y volcado a expresiones artísticas y culturales, a Diego Golombek el mundo de la ciencia le era ajeno y distante. El tiempo como sujeto literario siempre le había atraído, y desde que aprendió que hay un tiempo externo y un tiempo interno, comenzó a cursar su carrera de Biología con otro interés. Golombek estudia el reloj biológico, que son 20 mil neuronas ubicadas en el hipotálamo que miden el tiempo y les dicen al resto del cerebro y al cuerpo qué hora es. Esta especialidad de la neurociencia se llama cronobiología, es bastante reciente y estudia cómo funciona el reloj biológico y cómo hace para acomodarse cuando su registro temporal no coincide con la hora externa, como suele pasar cuando se viaja desde y hacia lugares de distintos husos horarios (el jet lag ) o se trabaja en turnos rotativos. «El efecto de los turnos rotativos en el cuerpo humano es tan grave que la Organización Mundial de la Salud lo puso como factor de riesgo en predisposición al cáncer», dice Golombek. Por eso, trabaja en terapias para ayudar a trabajadores con una carga horaria que desafía su reloj biológico (llamado jet lag social ). Su trabajo en el Laboratorio de Cronobiología de la Universidad Nacional de Quilmes es conocer cómo se pone en hora el reloj biológico, básicamente a través de la luz. Uno de sus orgullos es haber ganado el premio Ig Nobel, una parodia del Premio Nobel que se les entrega a científicos «que primero hacen reír y luego hacen pensar». Fue por sus investigaciones de ajuste del reloj interno en ratones utilizando Viagra. Además del reloj biológico, trabaja sobre otros mecanismos asociados con el tiempo, por ejemplo, aquel que permite al cerebro estimar el tiempo que le demanda cada actividad que realiza. Gran parte de su pasión por la ciencia la canaliza siendo su juglar: Golombek dedica mucho de su propio tiempo a contar la ciencia. Colabora con el programa de

Adrián Paenza Científicos Industria Argentina y dirige la colección de libros Ciencia que Ladra. La exposición le ha traído muchos reconocimientos -ganó el Premio Konex en 2007-, pero también algunos conflictos con sus colegas, que le temen al síndrome Sagan. «Los científicos que se exponen mucho son mirados como raros por sus colegas», dice.

 

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Ana Belén Elgoyhen Bioquimica, 52 años.
Descubrió los genes que explican de que manera escuchamos.
Por S.Z.
El tono de voz de Ana Elgoyhen es firme, su dicción es clara y puede escucharse por encima del sonido ambiente. La manera en que el cerebro procesa su voz mientras se la escucha hablar fue descubierta por esta bioquímica argentina que trabaja en investigación de genética y fisiología de la audición. Como parte de su trabajo de posdoctorado en Estados Unidos, Elgoyhen encontró los genes que conectan las neuronas del sistema nervioso central con las células sensoriales del oído. Esta conexión se llama «deferente», y Elgoyhen descubrió que tiene como función filtrar los ruidos de fondo para detectar mejor el sonido que queremos percibir y de proteger al oído del trauma acústico, origen de la hipoacusia y de los acúfenos, que es la percepción constante de un sonido dentro de la cabeza sin una fuente sonora externa. «El auditivo es el único sistema sensorial que recibe información del sistema nervioso central, que modula la forma con que este sistema funciona», dice para explicar la medida de su descubrimiento. Como casi toda gran revelación, la de Elgoyhen también fue casual: estaba buscando los genes en el sistema nervioso central, pero los encontró en el oído interno. El primero de esos genes, que era buscado por los científicos que trabajan en fisiología de la audición desde hacía treinta años, lo encontró mientras realizaba su posdoctorado en Estados Unidos. El segundo, una vez instalada en Buenos Aires, a donde regresó a hacer ciencia en 1994 a pesar de las limitaciones presupuestarias de la época. «El descubrimiento del primer gen fue un punto de inflexión dentro de la fisiología auditiva», dice. Su descubrimiento, que abrió las puertas para avanzar en tratamiento de hipoacusias, le valió el Premio L’Oréal-Unesco en 2008, que galardona a mujeres científicas. Sin dejar de hacer ciencia básica, desde el Instituto de Investigación en Ingeniería Genética y Biología Molecular comenzó a trabajar en dos proyectos de ciencia aplicada. Uno es desarrollar la genética de la audición. Allí trabaja con pacientes hipoacúsicos a los cuales les realiza el diagnóstico de su enfermedad, partiendo de la base de que el 50% de las hipoacusias son de base genética. El otro trabajo es una colaboración internacional con una fundación que trabaja para encontrar la cura definitiva de los acúfenos. «Siempre me sentí con la obligación de hacer algo que tuviera una aplicación más inmediata que la ciencia básica. Trabajar para mejorar la salud de la población, quería hacer tangible y con una aplicación directa en la comunidad de pacientes hipoacúsicos», dice. Asegura que su descubrimiento le devolvió la convicción de que su trabajo y su esfuerzo valían la pena, y que hacer ciencia le permite tener, aun fuera del laboratorio, una mirada crítica e interpelativa sobre el mundo que la rodea.

 

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Archivo La Nación
.Armando Parodi
Químico, 69 años
Descubrió el control de calidad que hace la célula en el plegamiento de las proteínas.
Por S.Z.
«No me di cuenta de lo que había hecho hasta que alguien me dijo: «Pibe, esto es importante».» Armando Parodi (69 años, químico egresado de la UBA, doctorado en el país y posdoctorado en el Instituto Pasteur de París) descubrió un mecanismo celular que puede contribuir en el futuro y con nuevas investigaciones a la cura de enfermedades cerebrales, como el Alzheimer. «Todos nosotros somos proteínas, tenemos 30 mil proteínas en todo el cuerpo. Las proteínas son cadenas lineales de veinte aminoácidos, veinte ladrillitos distintos entre sí, que pueden repetirse, puede haber más de uno de cada tipo, pero siempre van a ser veinte aminoácidos distintos. La interacción de esos aminoácidos hace que la proteína se doble como un ovillo y adquiera una forma determinada. La función de la proteína viene dada por su forma. Pero puede pasar que cuando se dobla se doble mal, que la forma que adquiera no sea funcional y no sirva para nada. Entonces, lo que hace la célula es distinguir esta proteína que se formó e identificar si la forma es correcta o incorrecta, y si es incorrecta, la degrada.» Parodi dirige el Instituto Leloir -fue discípulo del Premio Nobel argentino-, donde trabaja sobre uno de los mecanismos que utiliza la célula para distinguir si la proteína está bien plegada o no. Ese proceso se denomina «control de calidad de plegamiento de proteínas» y es un mecanismo clave para la salud, porque cuando la célula no degrada una proteína mal plegada -y es algo que suele pasar-, estas proteínas mal formadas se acumulan y provocan con el tiempo agujeros en el cerebro que degradan la salud mental y provocan la muerte. Este trabajo le demandó cerca de veinte años -de comienzos de los 80 a principios de los 2000- y muchas horas de desvelo. «Uno se pone a pensar, no duerme, piensa para qué será esto. La inspiración viene trabajando», dice. Hijo de un virólogo del que heredó su nombre y la carrera científica, reniega de los colegas que patentan sus trabajos ( «es aburrido hablar con abogados, uno hace esto con otras motivaciones» ) y pide aun más presupuesto para la ciencia básica, aunque reconoce que la ciencia argentina vive un momento que no registraba desde fines de los años 50.
A pesar de los efectos sobre la medicina que pueden tener sus investigaciones, Parodi prefiere valorizar más el trabajo de colmena que implica el pensamiento científico -muchos científicos en muchas partes del mundo estudiando el mismo problema- que especular con la aplicación que pueda tener en el futuro. «Las políticas que han tratado de saltear la etapa de ciencia básica e ir directamente a la aplicación han fallado», advierte. Dice que cualquier problema que enfrente la humanidad se soluciona creando conocimiento, y que para hacerlo sólo hay que hacer «buena ciencia». Después, asegura, las cosas salen solas. Por eso, aun estando al frente de uno de los institutos de ciencia más importantes del país, se reserva una parte del día para ir a su laboratorio y hacer, él mismo, ensayos y pruebas con tubos y microscopios, la parte divertida, explica, de todo su trabajo.

Horacio Pastawski
Físico, 54 años
Logró volver el tiempo atrás a escala microscópica.
Por F.K.
«Tengo malas noticias para los fanáticos de la ciencia ficción – advierte con cierta decepción Horacio Pastawski -. No vamos a poder viajar en el tiempo. Nuestros organismos son estructuralmente muy complejos para poder volver atrás sin que nuestras moléculas se vuelvan inestables.»
Este físico cordobés no lo dice con el único fin de torturar a los fanáticos de Volver al futuro. El lo sabe. Sus experimentos se lo confirman a diario: hay una barrera que la naturaleza no nos deja pasar. Desde hace años, Pastawski es el verdadero doctor Emmett Brown argentino. Junto con sus colegas del Grupo Experimental de Resonancia Nuclear de la Facultad de Matemática, Astronomía y Física de la Universidad Nacional de Córdoba, este investigador del Conicet manipula el tiempo a placer. Aunque, aclara, lo hace a escala microscópica, en los dominios antiintuitivos de la mecánica cuántica. «Encontramos que cuando un sistema es muy simple, o sea, tiene pocos átomos, se lo puede volver atrás en el tiempo -explica-. Pero hay limitaciones. Con estructuras más complejas como moléculas, vemos que no podemos hacer lo mismo.»
Pastawski, sin embargo, no se deprime. Como uno de los más importantes investigadores en el campo de resonancia magnética del país, augura un futuro esperanzador. «Esta técnica de ver imágenes ha revolucionado la medicina -dice-. Ahora se pueden seguir los procesos mentales en tiempo real. Y se espera que también revolucione la psicología con la lectura de los pensamientos.»
Mientras espera que llegue ese día, Pastawski perfecciona un método para destruir cálculos renales con sonido. «En este tema, aprendí mucho de gritar en la montaña – subraya este científico montañista-. En el fondo, hacer ciencia es como escalar. Uno empieza paso a paso sin tener muy en claro por dónde ir. Pero en un momento mirás hacia atrás y ves que las cosas cobran sentido. Siempre quiero saber qué hay detrás de la montaña, ver cómo se ven las cosas desde arriba. Cuando te sale un experimento, es como llegar a la cima: te da una sensación de plenitud.»

Aún falta, pero con mayor presupuesto y relevancia política y social, la ciencia nacional crece y gana premios. Una selección de los valientes que exploran las fronteras del conocimiento.

Gabriel Rabinovich
Bioquímico, 42 años.
Desarrollo un tratamiento para frenar el cáncer.
Por S.Z.
Gabriel Rabinovich se propuso curar el cáncer. Ese era su objetivo cuando empezó la carrera, a los 20 años, y lo sigue siendo ahora que está discutiendo con empresas privadas, junto con el Conicet, un tratamiento farmacológico para fortalecer el sistema inmune frente a los tumores. Este cordobés que hizo todo su trabajo de investigación básica en Argentina descubrió una proteína hasta ese momento desconocida, la Galectina-1, que está presente en los tumores cancerígenos y que apaga el sistema inmunológico para crecer y expandirse. Hasta ese descubrimiento, seguía sin respuesta una de las grandes preguntas que se hacían los biólogos tumorales: por qué si ante cualquier virus el sistema inmunológico activa los linfocitos y en diez días lo erradica, con los tumores eso no pasaba. La respuesta la trajo Rabinovich al probar cómo funciona la Gal-1 en condiciones de laboratorio sobre melanomas: los tumores expresan esa proteína entre 10 y 50 veces más que en una célula normal y la usan, en un mecanismo que se llama de evasión tumoral, para matar linfocitos y burlarse de la respuesta inmune. Una vez descubierta su función, el próximo paso de Rabinovich fue buscar la manera de debilitar la proteína de manera tal de estimular al sistema inmunológico y vencer el tumor. Y lo logró. El estudio fue publicado en marzo de 2004 en la tapa de la revista Cancer Cell y fue una revolución científica para Argentina ( «Kirchner me llamó por teléfono a mi despacho», recuerda) y para él. «Ese trabajo fue apasionante porque nos estábamos acercando a algo que podía tener una potencialidad clínica», cuenta. Con apenas 30 años, creó la primera patente y comenzó a trabajar en colaboración con científicos de todo el mundo. Siguió investigando la Gal-1, pero ya no su función, sino su mecanismo. Y lo que descubrió fue otro hito. «Descubrimos que gracias a esa proteína el tumor elige qué linfocitos tiene que matar para sobrevivir, y descubrimos también cuál es el circuito que utiliza para suprimir la respuesta inmunológica.» Ambos trabajos fueron publicados en la revista Nature. Investigada la función y el mecanismo, comenzó a bloquear la Gal-1 en diversos tipos de tumores y en todos el resultado fue positivo: creció la respuesta inmune y debilitó el tumor. Ese tratamiento está ahora en tratativas para ser probado clínicamente y luego comercializado gracias a la patente generada en Argentina. Pero el alcance de su trabajo no termina en el cáncer. La otra cara de la Gal-1 es que puede servir también para tratar enfermedades autoinmunes. «Cuando un virus entra al cuerpo, éste produce muchos linfocitos para atacarlo y eliminarlo, y cuando esto sucede, la cantidad de linfocitos vuelve a su cantidad normal. Pero a veces sucede que los linfocitos no vuelven a su cantidad normal, y eso empieza a dañar los tejidos, como el caso de la esclerosis múltiple, que son linfocitos que dañan la vaina de la mielina. En este caso, al revés que el cáncer, estudiamos cómo estimular la Gal-1 para que mate los linfocitos que sobran.»

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Archivo La Nación
.Victor Ramos
Geólogo, 66 años
Determinó la edad del Aconcagua y descubrió que originalmente era un volcán.
Por F.K.
Cuando termino el secundario, a Víctor Ramos no lo sofocó el clásico «y ahora qué». El tenía un objetivo: estudiar Derecho. Hasta que un profesor de Matemáticas le desbarató todos sus planes. «Como abogado, va a ser un desastre», le dijo. Con esa advertencia, Ramos decidió acompañar a su hermano gemelo a anotarse al ingreso de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Esa elección -y un librito que cayó en sus manos, Ochocientas ochenta y ocho palabras sobre la ciencia – le cambió la vida. No terminó convirtiéndose en físico nuclear como su hermano Dante, pero sí en geólogo, una profesión en la que se reencontraría con el gran amor de su vida: las montañas.
Hoy, no sólo es el geólogo más importante de Argentina -aunque él se espante al escuchar estas palabras-, también es el hombre que más sabe en el mundo sobre la Cordillera de los Andes. Ramos es un geólogo con todas las letras. Lo acreditarán sus títulos -investigador superior del Conicet, profesor titular plenario de Tectónica en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA y director del Laboratorio de Tectónica Andina del Departamento de Geología – y su cuerpo: exhibe todos los tics de estos científicos de la tierra. «No sé por qué muchos geólogos usamos barba -se ríe-. La mayoría somos huraños, nos gusta estar solos, meternos en la montaña. Nos fascina conocer y entender el pasado.»
La gente, por lo general, no tiene idea ni de para qué sirven los geólogos. Y Ramos lo sabe. Por eso, no tarda en aclarar: «Los automóviles no andarían si no hubiera geólogos: muchos geólogos se dedican a buscar fuentes energéticas. Ahí donde hay una represa hidroeléctrica, ahí donde se construyó una ciudad, hubo un geólogo. El único momento en que se acuerdan de nosotros es cuando hay un terremoto.»
Los geólogos son héroes invisibles. Y son tan importantes para una sociedad que para constatar la reactivación de la economía de un país hay que seguir con atención la actividad de estos investigadores: después de una crisis, su trabajo se multiplica exponencialmente. Ramos lo ve a su alrededor. «Antes, en los 90, había 5000 geólogos y 1500 taxistas-geólogos -cuenta-. Hoy hay más geólogos y la mayoría vive de su trabajo. De las catorce carreras que hay en Exactas de la UBA, la que tiene más salida laboral es Geología. Y en el futuro habrá mucho más: estoy seguro de que en la plataforma continental argentina hay petróleo. Sólo necesitamos el apoyo político y económico para salir a buscar.»

 

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Juan Pablo Paz
Físico, 52 años.
Desarrollo técnicas para corregir errores de computadoras cuánticas.
Por F.K.
Juan Pablo Paz no sueña con ovejas eléctricas, sino con computadoras cuánticas. Desde que escuchó hablar de ellas a fines de los 80, este físico espigado abandonó todo lo que estaba haciendo para dedicarse a estudiarlas. Incluso dejó de lado sus estudios cosmológicos para bajar con un ascensor al nivel más fundamental de la materia, el dominio de los átomos, protones, neutrones y electrones.
«En las computadoras comunes y corrientes que utilizamos todos los días -explica el director del Departamento de Física de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, que el año pasado recibió el Premio a la Investigación Científica de la Fundación Bunge y Born-,la información está almacenada en un material magnético que, si uno lo mira con una lupa, se ve que está hecho con granitos, compuestos a su vez por cien mil millones de átomos. En las computadoras cuánticas, en cambio, la información podría almacenarse en un qubit, un átomo de información. De esta manera, estas computadoras serían mucho más eficientes. Nadie va a usar computadoras cuánticas para navegar por internet o para escribir un texto, pero sí para realizar supercómputos, como búsquedas en bases de datos, o realizar tareas de encriptación. Estamos en un estado de investigación embrionario, en una especie de Edad de Piedra. Sin embargo, la computación cuántica es una promesa interesante.»
Hasta el día en que estas máquinas sean una realidad y se vendan en el shopping más cercano, Paz se entretiene estudiando las partículas elementales de la materia y sus curiosas propiedades. «Siempre me interesó la frontera entre el mundo cuántico y el clásico, lo micro y lo macro -confiesa-. En estos ámbitos no funciona el sentido común: a veces las partículas se comportan como ondas y otras, como objetos localizados. Hay momentos en que aborrezco la física cuántica.»
Ya lo decía Albert Einstein: «Cuántos más éxitos logra, más tonta me parece». Pese a lo que se pueda pensar, Paz -y el resto de la comunidad cuántica internacional- no se quema las pestañas con temas totalmente teóricos. La física cuántica tiene aplicaciones palpables. Incluso transformó la manera en que la humanidad vive en los últimos cien años. Gracias a este campo de investigación, nos podemos comunicar por satélites y con celulares. No habría computadoras, internet, lectores de discos compactos, códigos de barras ni energía solar sin esta disciplina propulsada en sus comienzos por genios como Max Planck, Werner Heisenberg y Erwin Schrödinger.
«Es la teoría científica mejor testeada en la historia de la humanidad -dice Paz- ; sin embargo, es todavía muy difícil de reconciliar con nuestro sentido común: experimentos idénticos pueden dar resultados diferentes. No predice certezas, sólo es posible predecir probabilidades.»
Lo cual abre un camino enorme para la reflexión y el desarrollo de una filosofía cuántica. «¿Por qué las cosas son como son? ¿Por qué tenemos estas leyes de la naturaleza y no otras?», se pregunta Paz. Al estudiar el mundo cuántico, los físicos se aproximan a las respuestas.

Fuente: Brando

http://www.conexionbrando.com/1398795-cientificos

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Un Argentino se incorpora a la Royal Society , la academia científica más antigua del mundo

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Un Argentino se incorpora a la Royal Society , la academia científica más antigua del mundo

Posted on 30 mayo 2011 by hj

Alex Kacelnik, biólogo egresado de la UBA que desde hace más de tres décadas reside en Gran Bretaña y es conocido internacionalmente por sus estudios en comportamiento animal, acaba de ser nombrado fellow de la Royal Society, la academia científica más antigua del mundo

Un argentino se incorpora a la Royal Society

Kacelnik es un investigador mundialmente conocido por su enfoque original que integra la biología evolutiva, la psicobiología y la economía. Entre sus contribuciones figuran algunos de los trabajos más importantes en análisis de toma de decisiones y evaluación de riesgo en animales y seres humanos.

Profesor de la Universidad de Oxford desde hace muchos años, Kacelnik ha realizado investigaciones pioneras en el uso de herramientas por parte de los cuervos, por ejemplo.

La Royal Society fue creada en 1660 para promover el conocimiento del mundo natural a través de la observación y la experimentación.

Reúne y reunió a lo largo de su historia a muchas de las mentes más brillantes del mundo. Sus miembros son elegidos a través de un proceso de revisión por pares sobre la base de la excelencia de su trabajo científico. Tiene alrededor de 1450 integrantes, entre los cuales se cuentan 75 premios Nobel. Cada año se incorporan 44 nuevos fellows , ocho miembros extranjeros y no más de un miembro honorario, seleccionados de entre un grupo de más de 700 candidatos.

Fuente : La Nacion

http://www.lanacion.com.ar/1377343-un-argentino-se-incorpora-a-la-royal-society

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Un científico Argentino, candidato al premio Whitley Gold Award

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Un científico Argentino, candidato al premio Whitley Gold Award

Posted on 27 abril 2010 by hj

El científico Pablo Borboroglu fue nominado como uno de los ocho finalistas para el premio Whitley Gold Award otorgado en Londres por el Whitley Fund. El investigador argentino trabaja en la conservación de pingüinos


El científico argentino Pablo Borboroglu fue nominado como uno de los ocho finalistas para el premio Whitley Gold Award otorgado en Londres por el Whitley Fund.

Bornoroglu, informó en un comunicado a ANSA Silvina Murphy, primera secretaria de la Embajada de Argentina en la capital británica, fue seleccionado entre un grupo de destacados científicos internacionales. El argentino, que trabaja promoviendo la conservación de pingüinos mediante una coalición internacional hacia el manejo sustentable de actividades marinas, es investigador del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (CONICET), donde estudia Aves Marinas de la Patagonia en el Centro Nacional Patagónico (CENPAT).

El miércoles 12 de mayo los finalistas mantendrán un encuentro informal con la prensa en la Royal Geographical Society de Londres, agregó el comunicado.

Fuente: Ansalatina.com.

http://www.argentina.ar/_es/ciencia-y-educacion/C3561-un-cientifico-argentino-candidato-al-premio-whitley-gold-award.php

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El estado de la ciencia local

Posted on 12 agosto 2009 by hj

Por Nora Bär

Con unos meses de retraso, acaban de distribuirse los últimos indicadores disponibles sobre la ciencia y la tecnología en el país. Tal vez no pueda decirse lo mismo de otras facetas de la vida nacional, pero afortunadamente en ésta, por lo menos en las mediciones «precrisis» y en lo que se refiere al período 2003-2007, el balance es francamente positivo.

Algunos números:

Hubo un aumento del 183% en la inversión destinada al rubro actividades científicas y tecnológicas, y del 168% en el correspondiente a investigación y desarrollo (I+D). En valores constantes de 1993, el aumento fue de un 84%.

-En los últimos años, a partir de la insistencia en que el país debe estimular la investigación aplicada, hubo quienes temieron que se dejara de lado la ciencia básica. Sin embargo, el mayor crecimiento se registró en esa área (12%), en contraste con la experimental, que creció sólo un 2%.

-Con 73.558 personas, el aumento en investigadores, becarios de I+D y personal de apoyo fue de un 32%. Si se toman sólo los becarios, esa cifra alcanza al 64%; en cuanto a los investigadores, llega al 30%, y la del personal de apoyo es del 20%. O sea que actualmente el sistema científico tecnológico cuenta con 46.884 investigadores, 12.168 becarios y 14.506 técnicos y personal de apoyo.

-Por otra parte, «rejuveneció» levemente el aparato científico. Los investigadores y becarios de hasta 30 años, que en 2003 eran el 14% del total, en 2007 crecieron hasta el 17%. De todos modos, los de entre 40 y 59 años siguen siendo el 53% de la «fuerza de trabajo» del sistema.

-Otro dato auspicioso es que se incrementó el número de becarias e investigadoras, incluso en mayor proporción que sus colegas varones. En particular, aumentaron un 69% las becarias en I+D.

-El número de proyectos que se encontraban en ejecución en 2007 ascendió a 22.134, un 32% más que en 2003. Las ciencias médicas crecieron un 37%; las sociales y humanas, un 36,2%; la ingeniería y la tecnología, un 36,1%; las ciencias agrícolas, un 28%, y las ciencias exactas y naturales, un 24%.

-La producción argentina medida en el registro internacional de citas científicas ( Science Citation Index ) pasó de 5646 a 6468 contribuciones.

Claro que, incluso con este gran esfuerzo, el país sólo dedica a las actividades científico-tecnológicas el 0,61% de su PBI y a I+D, el 0,51%, menos que Brasil, Chile y Cuba. Basta con recordar que el promedio de los países desarrollados (los de la OCDE) es cuatro veces mayor para comprender cuánto nos queda por delante…

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http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1161390

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Los nuevos científicos de la ciudad de La Plata

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Los nuevos científicos de la ciudad de La Plata

Posted on 24 mayo 2009 by hj

Cocinan, llevan a sus hijos a la escuela y, además, producen ciencia. Tienen menos de cuarenta años y un extenso recorrido académico. Alejados de los estereotipos, rompen con la idea de que viven en una burbuja. Quiénes son los nuevos científicos de la Ciudad

Cuando en la escuela primaria a Ana, Ariel, Francisco y Martín les hablaban de científicos, la imaginación viajaba a mil por horas. Como la velocidad de la luz. Todavía no sabían que en el futuro, no muy lejano, ellos serían científicos. Serían algo bien diferente a la idea que los dibujos animados y los manuales de ciencia de la época entendían por tal. Predominaban hombres mayores, canosos y algo «raros». El prototipo de investigador al que se suele incurrir de niño, es el de guardapolvo blanco, lentes bifocales, tubos de ensayo y microscopio. El presente derrumba esa estigmatización. El «raro» de pelos parados y que vivía en una burbuja es bien diferente a los que el nuevo milenio presenta como científico. Así como decayó esa idea, el predominio masculino para hacer ciencia es algo del pasado. De jeans y zapatillas, sin lentes y con menos de cuarenta años, los cuatro representan la nueva camada de investigadores y científicos de la Ciudad.

Según el diccionario de la Real Academia, la palabra científico deriva del latín Scientificus: «que tiene que ver con las exigencias de precisión y objetividad propias de la metodología de las ciencias». Pero es gracias a Thales de Mileto, en el siglo V a de C., de donde se remonta el estereotipo del científico loco, o por lo menos distraído. Cuenta la leyenda que Thales de Mileto estaba tan absorto contemplando el cielo que se cayó en un pozo. Salvando las distancias, y sin caerse en ningún pozo, los ejemplos locales, literalmente, se la pasan leyendo. Contemplando las palabras. Trasladan en libros, pen drives o computadoras portátiles toneladas de información. «Siempre tienen algo para leer», dicen desde su entorno. Ellos, no lo desmienten. Martín, economista; Ariel, ingeniero agrónomo; Francisco, químico; y Ana, bióloga con orientación en paleontología son cuatro buenos ejemplos del prototipo del investigador modelo 2000. Aquel que retira los hijos del colegio, juega a la pelota, practica danzas árabes, cocina y lava los platos. La vida entre las responsabilidades modernas y el laboratorio.

FILOSOFO EN QUIMICA

El libro del escritor Marcos Aguinis, «Pobre patria mía», con un señalador que indica que su dueño va por la mitad, reposa sobre la mesa de luz de Pancho. Así llaman todos a Francisco Ibáñez (36). Un ingeniero, doctor y «filósofo» en química. Una rareza para estos lares. Fue gracias a una duda de su padre médico que se dio cuenta que era un «Ph.D». Abreviatura que le dan al concepto que deriva de la palabra filósofo en la Universidad de Louisville, Estados Unidos. «Una vez que me explicaron qué significaba, me di cuenta que es la manera que más me identifica para decir qué soy. Por más que acá no se utilice, me parece que engloba muy bien a lo que apunta. Quiere decir apasionado en la química. Refleja muy bien el deseo permanente de aprender. Yo soy eso».

Antes de ser una eminencia en Nanociencias y Nanotecnologías hay una historia que comenzó en Mendoza. Siguió en Japón, pasó por Estados Unidos y Europa y llegó a las diagonales. Cuando faltaba muy poco para el título, Pancho cumplió con la idea para la que tanto había ahorrado: viajar por Europa. El visionario de su padre le propuso que el viaje tuviera una parada previa. «Me pagó el curso de inglés en New York», dice. Poco faltaba para que el viejo continente lo tuviera en sus tierras. Después de casi cinco meses, en 1999 regresó a su Mendoza natal para dar los últimos finales. Con el olvidado Y2K, referencia utilizada para el cambio de milenio, Francisco recibió el título de la Universidad Tecnológica Nacional Facultad Regional Mendoza (UTNFRM).

Su título todavía conservaba el olor a nuevo cuando llegó la beca para especializarse en medio ambiente, en la Universidad de Hiroshima, Japón. «Viví mucha soledad y del japonés no entendí nada», relata y sonríe. Las fiestas de fin de año se asomaban y el regreso a su ciudad era inminente. Se reencontró con su novia Carolina Alonso, también química, y «como ella me planteó que en Louisville le costaba mucho todo, decidimos radicarnos un tiempo en Estados Unidos». Ese tiempo se prolongó por ocho años y tuvo al primer descendiente de la pareja: Ramiro, su hijo pincharrata de cuatro años. La pareja espera al segundo hijo, del que se sabe será varón y nacerá en La Plata. Ciudad que acaba de ser nombrada «ciudad hermana de Louisville. Tienen muchas cosas en común. Estamos trabajando para generar un vínculo más intenso con la Universidad», adelanta.

«Tomé la decisión de hacer alguna especialización. Fui a la biblioteca y le pedí un libro de nanotubos de carbón. No entendí nada. Aclaro, eso fue hace ocho años», dice el dueño de la taza que tiene la leyenda «Happy», al lado del portarretrato de madera con la foto de Ramiro. En su estadía en EE.UU. cosechó una maestría, un doctorado y un post doctorado. Acto seguido de contar sus logros académicos, aclara «no soy brillante, ni un genio. Me costó mucho mi carrera, pero fue gracias a mi dedicación y pasión que puedo afirmar que estoy muy conforme con el recorrido», confiesa Pancho.

En los pasillos del Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (INIFTA), en donde Pancho efectiviza su beca de reinserción del CONICET, todos lo identifican por su tonada mendocina. Durante la charla, mientras ceba mate, se mezclan el acento natal, el español y el inglés. Ejemplifica qué es eso de lo «nano» cuando señala su alianza de oro que sobresale de su dedo anular. Cuando se lo lleva a los más mínimo de lo mínimo, el oro sigue siendo el mismo material, sólo que éste modificará su tamaño y su color. «Es la ciencia del estudio de lo pequeño», sintetiza Pancho, un admirador confeso de la literatura de Leopoldo Marechal.

El científico en él funciona las 24 horas, los siete días de la semana. Lee publicaciones por Internet pero también es un padre que cocina salsa de mariscos, retira a su hijo del colegio, juega a la pelota, y adora preparar el asado de los domingos. Confiesa que le gusta la literatura antes de dormir y que la idea del regreso al país era algo que la pareja conversaba. «Con mi esposa sabíamos que queríamos volver. No queríamos envejecer y que nuestros hijos sean sólo nuestra familia. La Argentina se merecía una oportunidad. Tengo el privilegio de formar parte de uno de los equipos de investigación más dinámicos de nuestro país -resume-. Uno aprende de gente muy importante como es el Dr. Roberto Salvarezza y de todos los colegas. Sin dudas soy un privilegiado por poder hacer lo que más me gusta y, encima, que me paguen por ello».

HOMUS OECONOMICUS

A sus 34 años Martín Tetaz es un reconocido economista especializado en «Economía del comportamiento». Una mezcla entre psicología y economía. Sólo le resta entregar la tesis para obtener la maestría en Psicología Cognitiva en la UBA. Para este platense, soltero y amante de los deportes al aire libre, «hay que encontrar ese lugar clave o nicho para desenvolverse. Yo encontré el mío entre la conjunción de estas dos ciencias, que como investigador me da una visión más amplia», explica.

En el mismísimo momento en que Fernando De la Rúa se tomaba el helicóptero, Martín se preparaba para los festejos de su recibida. Unas horas antes de que el país se quedara sin presidente, él rendía su último final. A los meses, se dedicó a enviar a cuanta consultora había su modesto curriculum. «Ahora puedo decir que menos mal que no me tomó ninguna -confiesa-. Como investigador y docente puedo manejar mis propios tiempos. Veo a colegas que se bajan de las combis muertos de cansancio». La rutina diaria combina jornadas en las facultades de Ciencias Económicas y Jurídicas de la UNLP, la Universidad Nacional del Noroeste (UNNoBA) y el Centro de Estudios Laborales y Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (CEDLAS).

Cuando en el 2002 la academia sueca le otorga el Premio Nobel de economía al profesor de psicología Daniel Kahneman, la noticia a Martín se le presentó como una clara visión. Las contribuciones más importantes del premiado se refieren a la toma de decisiones en situaciones de incertidumbre, mostrando cómo la decisión de los individuos puede en forma sistemática apartarse de las predicciones de la teoría económica tradicional. Martín abrazó la idea. Se proponía ampliar el concepto de la teoría económica «Homo oeconomicus», utilizado por la escuela neoclásica para modelizar el comportamiento humano. Según esta teoría, es una representación imaginaria del hombre, que se comportaría de forma perfectamente racional ante estímulos económicos. Esa representación del hombre es capaz de procesar adecuadamente la información que conoce y actuar en consecuencia.

Martín podría cumplir muy bien con el fisic du rol de un abogado y también con el de un economista. Es un mezcla entre yuppie e intelectual. Pantalón de vestir, camisa blanca recién planchada y teléfono celular, que se maneja tocando la pantalla, advierten que se está en presencia de un hombre moderno y tecnológico. «No tenés un jefe encima, sos el jefe de tus propios tiempos», dice. Sin nadie que lo espere después de las jornadas diarias, cuando llega a su casa cocina arroz con atún y mira lo que le interesa en el monitor de la PC. Resalta que no tiene tele porque mira «sólo lo que quiero, y eso seguro está en Internet».

La decisión de estudiar economía llegó cuando sintió la necesidad de refutar y discutir con argumentos sólidos la famosa ley de convertibilidad impulsada por su hoy colega, Domingo Cavallo. «Me interesó la política económica desde entonces, pero recuerdo que cuando tenía trece quería ser arquitecto. Como no puedo dibujar ni una casa, desistí. En quinto año quise ser médico, pero ví un accidentado ensangrentado y me desmayé -recuerda Martín-. Como enseñanza, y aconsejando a los más jóvenes, diría que hay que hacerle caso a la vocación, que se olviden de la salida laboral».

A LOS 6 AÑOS

Un simple regalo de cumpleaños selló el destino de Ana Paula Carignano. Tenía seis años cuando recibió un juego de madera balsa para armar un dinosaurio. Veintitrés años después, detrás de su microscopio en las «catacumbas del Museo de Ciencias Naturales», como ella llama a los laberínticos pasillos para llegar a su laboratorio, responde como una joven becaria del CONICET. Su título la presenta como bióloga con orientación en paleontología. Cuenta que cuando se recibió, su camada fue noticia por lo numerosa de la promoción: doce graduados.

«Me fascina -repite- me fascina», así responde Ana. Aclara que lo suyo es puramente «vocacional, ya sabés que rico no te vas a volver». Algo que aprendió muy bien en los seis años y medio de estudiante. Los dos primeros rasgos de su personalidad se manifiestan de entrada. Es práctica y ejemplifica todo. A lo mejor porque sabe que muchos desconocen a qué se dedican los paleontólogos. «Estudiamos cómo viven los bichos en el pasado», aclara. Cuando habla del pasado, habla del pasado del pasado. De millonésimos años atrás. A eso le presta toda su atención en más de las nueve horas de cada jornada.

Infinidades de oportunidades le confundieron su objeto de estudio. Ana se defiende cada vez que le hablan de pirámides y tribus de indios. También sabe que «hablamos raro, por eso muchas veces aclaramos antes», cuenta. En su pequeño laboratorio comparte las mañanas con el dibujante del Museo. Primero escuchan a Magdalena Ruíz Guiñazú y después a Víctor Hugo. El mate, la notebook y la radio le dan forma a la trilogía infaltable de cada día. La rutina sólo se altera cuando participa como ayudante de la cátedra de micropaleontología.

Si hay alguien bien alejado del típico prototipo de científico, esa es Ana. Sus clases de danzas árabe acaban de ser suspendidas por una lesión y confiesa que «cuando llego a casa lo primero que hago es lavar los platos de la noche anterior». La charla fluctúa entre ciencia pura y cotideaneidades propias de una mujer en pareja con la responsabilidad de llevar una casa adelante. «Me alcanza para vivir bien, un poco ajustado en realidad -dice y compara-. Es como le tocó a nuestros viejos. Me preocupa pensar que nuestra generación no va a poder comprarse su propia casa».

Para Ana, el inglés «es el esperanto de los científicos. Se usa absolutamente para todo, es un herramienta indispensable». Pero no siempre pensó lo mismo. Odiaba y rezongaba cada vez que su madre la mandaba a aprender. Hoy, asegura que se lo agradece. Como a toda mujer le encantan las carteras, los zapatos y los maquillajes. En cuestiones musicales el gusto es amplio. Se reconoce una privilegiada por el hecho de poder haber estudiado y ejerce con la máxima responsabilidad su rol de investigadora. «Quiero devolverle al país todo lo que me dio -confiesa-. Obtener la educación universitaria casi gratuita no sucede en otras partes del mundo. Yo quiero que mi país vaya para adelante».

¿Quién se atrevería en calificar a Ana, por su corta edad, como «Pichi»? Ella misma lo hace. Reconoce que está dando los primeros pasos en algo que soñó de niña. «Yo estoy viviendo el sueño del pibe. Es como jugar en primera», dice esta joven mujer que se reconoce una seguidora de Meryl Streep y Dustin Hoffman. Para definir cuáles con las cosas que le molestan de su profesión, demora unos segundos. En seguida responde, «la burocracia, la odio. Eso de tener que completar pilas de formularios, todo por triplicado, me mata. Pero qué se le va a hacer, no queda otra. Es indispensable».

«ES MAS DIFICIL SER PAPA QUE INVESTIGADOR»

El lado más científico de la ciencia podría no creer en la suerte. Pero Ariel Vicente parece convencido cuando afirma que «tuve suerte». Lo dice cuando se le pregunta por su ingreso al Centro de Investigación y Desarrollo en Criotecnología de Alimentos (CIDCA). Este platense de 34 años, fanático de Gimnasia y Esgrima e hijo de uno de los ex presidentes de la institución, relata que a los tres meses de graduarse como ingeniero agrónomo de la UNLP, logró ingresar en un camino con el que está más que satisfecho. El de la investigación, bajo la dirección de la Dra. Alicia Cháves. Dice que cree que son los primeros pasos para una carrera académica dentro de la Universidad.

Cada mañana, después de llevar a su hija Mercedes de ocho meses a la guardería, se dedica a la investigación de las post cosecha y procesamiento de frutas y hortalizas. Especialización que lo llevó a realizar un Master en Fisiología y Biotecnología en la Universidad de California-Davis. Si no fuera por esas cosas mundanas de la vida y contradiciendo todo su amplio currículum, que lo deja al descubierto como doctor de la facultad de Ciencias Exactas y como especialista en manejo poscosecha de frutas y hortalizas, de la facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Rosario, nadie le creería cuando dice que «se me pudren las frutas en la heladera».

Recorrer el currículum de Ariel demanda tener paciencia y pasar hoja tras hoja. Su primer reconocimiento fue en 1999 cuando recibió el premio Joaquín V González a los mejores egresados de la Universidad Nacional de La Plata otorgado por la Municipalidad de la Ciudad. 9,15, delata su analítico. «En el último año de la secundaria, en el Nacional, confirmé que mi vocación tenía que ver con esto. Me encantaba la biología. Primero pensé en estudiar bioingeniería, pero como sólo se dicta en Entre Ríos, opté por quedarme a estudiar en mi ciudad», explica Ariel, investigador adjunto de CONICET y jefe de trabajos prácticos de análisis químico de la facultad de Cs. Agrarias y Forestales de la UNLP.

Cuando llegó la posibilidad de la beca, Ariel todavía jugaba al fútbol para el equipo de los solteros. Los primeros seis meses de su estadía en Estados Unidos fue sin pareja. Para que su novia y actual esposa, Victoria Zabala, lo acompañe, regresó al país y dio el sí. «Ella es ingeniera química. Trabajábamos laboratorio de por medio -cuenta-. Son muchas las horas que uno le dedica a esto, es muy bueno que tu pareja entienda y comparta. Eso ayuda y hace todo más fácil». Para Ariel, la experiencia de probar en otro país «es fundamental. Contás con recursos que, a lo mejor, acá nunca los vas a tener», explica el responsable de armar, cada noche, los tapper con la comida del almuerzo de la pareja.

Ariel se reconoce familiero y paseador. Le gustan las salidas al aire libre y confiesa que no va mucho a la cancha. Es tímido y se lo nota callado. «Sé que muchos cuando les digo que soy investigador me miran raro, todavía predomina la idea del científico loco de guardapolvo blanco», remata. A la hora de hablar de los ingresos, dice que mejoraron pero que en el ámbito privado ganaría mucho más. Cuando compara con colegas del mundo, cuenta que una amiga y colega suya, en Estados Unidos, gana ocho veces más. «Hay que pelearla, no queda otra -asegura-. La calidad de los investigadores argentinos es excelente. Gozan de muy buen nivel y prestigio, pero si tengo que decir qué me resulta más difícil, respondo, sin dudarlo, ser papá».

http://www.eldia.com.ar/edis/20090524/revistadomingo0.htm

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La Universidad de La Plata repatrió a científicos que trabajaban en exterior

Posted on 04 mayo 2009 by hj

Son 16 graduados en universidades argentinas que desde hace más de cuatro años se desempeñaban en instituciones extranjeras. Su regreso se enmarca en el Programa de Investigación y Desarrollo para la Radicación de Investigadores. La mayoría son doctorados en Química, Bioquímica, Física e Ingeniería.

La Universidad Nacional de La Plata (UNLP) reincorporó a 16 investigadores que trabajaban en instituciones académicas del exterior desde hace más de cuatro años.

El regreso de los científicos se enmarca en el Programa de Investigación y Desarrollo para la Radicación de Investigadores (PIDRI), impulsado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, el Consejo Nacional de Investigaciones Científica y Tecnológica (CONICET).

Florencia Del Papa, doctora en Bioquímica, es una de las investigadoras que regresó a la UNLP; antes de volver estaba trabajando en Estados Unidos como asistente de investigación en The Scripps Research Institute (TSRI) ubicado en La Jolla, California.

«Encontré una oportunidad fabulosa en el TSRI que es un instituto muy competitivo y bien conceptuado, y a pesar de que los recursos humanos, la infraestructura y los servicios eran de primer nivel, siempre supe que volvería al país», explicó la científica.

«La situación laboral afuera era excelente, dedicaba el 100 por ciento del tiempo a hacer y aprender ciencia, pero ahora que volví me encontré con que el grupo del Doctor Lagares, donde me desempeño, cuenta con las capacidades y la formación profesional de los recursos humanos excelentes, comparables con las que encontré estando en otros países», agregó Del Papa.

Antes de trabajar dos años en Estados Unidos, la bioquímica que se graduó en la UNLP, se desempeñó en diversas instancias de perfeccionamiento en el exterior, investigando 6 meses en Alemania y casi un año en Dinamarca.

La UNLP y la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU) están incorporadas a la iniciativa del PIDRI, que tiene como objetivo «la incorporación de investigadores científicos y tecnológicos ya formados, en áreas prioritarias de las universidades públicas, de alto impacto económico y social, ubicadas en regiones geográficas prioritarias».

«Con esto buscamos fortalecer las capacidades científicas y tecnológicas del país a través del desarrollo de políticas de vinculación con investigadores argentinos residentes en el exterior y el retorno de aquellos que estén interesados en desarrollar sus actividades en nuestra universidad», explicó el secretario de Ciencia y Técnica de la UNLP, Eitel Peltzer y Blancá.

El funcionario señaló que «el retorno de estos recursos humanos que tuvieron su formación en la universidad pública argentina, aporta investigación y docencia de primer nivel a la UNLP».

La UNLP presentó «ideas proyecto» a la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, donde se elevó una lista de investigadores en condiciones de volver al país o establecidos recientemente, con lo que se logró la incorporación de 16 científicos que trabajaban en facultades de «ciencias duras» en Estados Unidos, Alemania y Escocia, entre otras.

Esta repatriación científica, como la definen en la UNLP, «facilita el retorno e instalación de científicos en el país, dando respuesta económica y permitiendo el acceso a proyectos de investigación».

Fuentes de la UNLP detallaron que los investigadores que deciden retornar reciben hasta 45 mil pesos de subsidio para su relocalización y reinserción, teniendo la posibilidad de incorporarse al CONICET para que sus solicitudes sean evaluadas en cualquier momento del año.

Además indicaron que la Agencia Nacional de Promoción Científica aporta un subsidio de hasta 210 mil pesos para cada proyecto de investigación que el especialista esté dispuesto a desarrollar en nuestras universidades.

Desde la Secretaría de Ciencia y Técnica de la UNLP informaron que la mayoría de los investigadores reinsertados son profesionales doctorados particularmente en Química, Bioquímica, Física e Ingeniería.

Otro caso de retorno es el de Francisco Ibáñez, doctor en Química, que vivió 8 años en Estados Unidos, donde realizó un doctorado y un posdoctorado en Química, especializándose en Nanotecnología en la Universidad de Louisville del estado de Kentucky.

Durante esos años su financiación económica fue una beca otorgada por esa universidad en retribución a la docencia que Ibáñez ejerció en Louisville.

Desde su trabajo en la universidad generó lazos con el Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas de la UNLP (INIFTA) y actualmente trabaja ahí con Roberto Salvarezza en el área de Nanotecnología.

«Tomé la decisión de volver por mi familia, porque en Estados Unidos, para lograr posicionarse en el área de la investigación científica hay que mudarse constantemente de ciudad y no quería eso para mis hijos», explicó el investigador.

La UNLP también lleva adelante proyectos de formación de doctores en Areas Tecnológicas Prioritarias (PFDT), que tienen como objetivo la formación doctoral en áreas tecnológicas con impacto en las temáticas definidas por el Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación 2006-2010 «Bicentenario».

http://www.telam.com.ar/vernota.php?tipo=N&idPub=144541&id=289970&dis=1&sec=1

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DANIEL PAZ & RUDY | Página 12

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