Gran paso hacia la vacuna contra la bronquiolitis. Tras doce años de paciente búsqueda, un grupo de científicos argentinos, investigando en el país, halló la causa por la que falló una vacuna contra la bronquiolitis probada con desastrosas consecuencias en los EE.UU. en los 60. Por la enfermedad mueren 900 chicos argentinos por año, y medio millón en todo el mundo.
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Por Fernando Polack
Saber la causa de aquel error hace que la vacuna ahora esté más cerca. Fernando Polack, jefe del grupo que hizo el crucial hallazgo, en una notable crónica, cuenta cómo se llegó al más importante paper argentino del año, publicado esta semana en “Nature Medicine”.
Los años 50 y 60 fueron de avances prodigiosos para la ciencia médica. Con la aparición de microscopios sofisticados, cada año traía descubrimientos de virus y bacterias, revelaba causas de neumonías y diarreas, llenaba de nombres propios lo desconocido. Esos años también fueron escenario de tragedias que emboscaban a un mundo médico aún inexperto en sus intentos de simplificar lo complejo.
Uno de aquellos desastres fue el causado por una vacuna para prevenir la bronquiolitis en 1966. Administrada a lactantes en Washington durante el verano, la vacuna pareció estimular las defensas de los vacunados en un principio. Sin embargo, cuando el virus sincicial respiratorio (que causa la bronquiolitis) apareció en la comunidad durante el invierno, los chicos vacunados sufrieron enfermedades respiratorias gravísimas y, en algunos casos, murieron.
Las consecuencias del fracaso siguen golpeándonos 40 años más tarde: medio millón de niños mueren de bronquiolitis en el mundo anualmente; novecientos de ellos en la Argentina. Y esto ocurre en gran medida por la ausencia de una vacuna preventiva, ya que al desconocer la causa del desastre de 1966, científicos de todos los continentes temen repetir la mala experiencia.
Viaje. Esta es una crónica de viaje, donde el azar y la atención se combinaron tras 12 años de búsqueda. Para estudiar por qué falló la vacuna, reprodujimos en 1996 la enfermedad padecida por los chicos en animales de laboratorio y muestras de la vieja vacuna. Primero, allá por 1999, testeamos la teoría, sólo por agotar todas las respuestas posibles. Cedimos a un patólogo cordobés unas muestras de los tejidos afectados en los animales y esperamos confiados la respuesta. El llamado me tomó por sorpresa: “¡Fernando, tus animales están llenos de anticuerpos (defensas que bloquean las infecciones virales)!” Por las dudas, repetimos la experiencia. El resultado se confirmó: había que renovar toda la teoría y acomodarse a la naturaleza.
En 2001, finalmente confirmamos que la falla estaba relacionada con esos anticuerpos, los cuales en vez de bloquear la infección viral, la potenciaban. Pero, ¿cómo demostrar que nuestras observaciones en ratones reflejaban el problema de aquellos chicos? Visitamos entonces el Hospital de Niños de Washington. En un sótano permanecían conservadas las muestras de tejidos que se habían extraído de los chicos afectados. Seguimos por los corredores interminables a una vieja patóloga y volvimos con aquel preciado material para buscar anticuerpos en los pulmones humanos. Pero la molécula que buscábamos era indetectable en esos pulmones de 30 años.
¿Qué hacer? Otra vez, el destino nos dio una mano. Al subir a un ascensor del hospital, me encontré con un médico y empezamos una conversación sobre un paciente. Durante la charla, le comenté al médico nuestro dilema con las muestras de bronquiolitis y me dijo sonriente: “Hoy es tu día de suerte”: justo se había contactado con colegas de la Universidad de Viena que tenían un nuevo método para detectar justamente lo que precisábamos. En Viena comprobamos que los anticuerpos detectados en ratones también estaban en los chicos afectados.
Faltaba explicar la razón por la cual los anticuerpos parecieron protectores a los investigadores, y resultaron sin embargo dañinos. Gracias a nuevas teorías, comprendimos que lo que explicaba el fracaso de la vieja vacuna era una falta de “afinidad”, algo que depende de unos receptores. En otras palabras, que sólo al estimular estos nuevos receptores (llamados Toll) se podía proteger contra la bronquiolitis. Ya estábamos en 2007.
Por este hallazgo, estamos un paso más cerca de la vacuna contra la bronquiolitis. Sabemos qué sucedió en 1966. Conocemos bien lo que no debemos hacer. No es poco. Hay que ajustar la combinación correcta para generar una vacuna que estimule a los Toll y genere anticuerpos con buena afinidad para proteger a los chicos. Pero las cosas en la ciencia son lentas. Lentas, pero apasionantes.
Madrugadas de vértigo
Los hallazgos importantes son muchas veces reportados en las revistas científicas médicas prestigiosas. La más importante de todas ellas es Nature Medicine, que recibe alrededor de 40 mil artículos por año y selecciona para su publicación menos de 100. Esperé la respuesta de la revista acerca de si aceptaban o no nuestro trabajo para publicar. Esperé durante dos meses, que culminaron en un vuelo a Malasia de 22 horas. Pasé una y otra vez las madrugadas en las que el avión corría atrás del sol en un diálogo interminable con el editor de la revista.
Tenía que hacerle entender que esto era realmente muy importante… Porque, ¿cómo explicarles a mis becarios que después de tantos años de trabajo y esfuerzo podían llegar a rechazar el artículo?
La respuesta me esperaba en una computadora del aeropuerto de Kuala Lumpur, que antes de alegrarme la mañana se congeló frente a mis ojos con la respuesta pendiente.
http://www.infant.org.ar/nota.php?id=99
http://www.infant.org.ar/




