Desde 2003 la firma Kunû se instaló en Villaguay y hoy cuenta con 150 camélidos (el 80% nacidos en Entre Ríos). Confeccionan prendas con lanas de llamas e implementaron el turismo rural en la chacra
“Kunû” significa “caricia” en guaraní y es el nombre del primer establecimiento criador de camélidos sudamericanos del Litoral Argentino, que cuenta con 150 ejemplares (el 80% nacidos en Entre Ríos) y está dedicado a proveer servicios turísticos, producir textiles de calidad y crías para su utilización como mascotas. El emprendimiento echó raíces en Villaguay.
Todo comenzó en 2003. Eduardo Lema y Ana Papeschi vivían en Buenos Aires, y en un viaje al Machu Picchu vieron un escena que rompió la percepción que tenían de esos parientes de los camellos que la imaginación popular sólo puede dibujar en las tierras áridas del norte argentino. En el verde tupido pudieron divisar llamas, conviviendo con un clima cálido y húmedo, y si había allí, ¿porqué no en Entre Ríos?
La idea fue madurando y el tener familiares en Gualeguaychú les dio la posibilidad de conocer Entre Ríos, y la localidad del centro de la provincia: Villaguay. En el predio ubicado a la vera de la ruta nacional Nº 18, en inmediaciones del Parque Industrial Villaguay, los Lema tienen 150 llamas que se adaptaron perfectamente al ambiente.
En una primera instancia, contó Papeschi a UNO, trajeron animales de Catamarca, al tiempo llegó otra tropa desde Jujuy, y hoy el 80% de los animales son nacidos en Entre Ríos.
«Tenemos tres líneas de negocios, el desarrollo textil, la venta de mascotas y lo más reciente, la incorporación del agroturismo, con visitas guiadas donde explicamos las características de los camélidos y de los textiles que realizamos”, contó la consultada.
Se especializan en hilados artesanales (con huso o rueca) sin ningún tratamiento químico o industrial. Entre Ríos tiene larga trayectoria en el hilado manual de lana de oveja, y es por eso que las hiladoras, mujeres de zonas rurales como Mojones que aprendieron el oficio de sus madres y abuelas, se adaptaron rápidamente a trabajar con vellón de llama.
El tejido es hecho a mano también por villaguayenses, y las prendas son únicas e irrepetibles. No solamente por los diseños, sino porque los colores varían de un animal a otro, incluso un mismo animal puede dar fibras diferentes cada año.
La cabaña representa una fuente de trabajo, y también la recuperación de un oficio perdido, más allá de que antes el hilado se realizaba con lana de oveja.
En el caso de los peones de campo sí debieron realizar una adaptación del trabajo a la necesidad del animal. Las llamas son domésticas y tranquilas, pero muy asustadizas, por lo que no puede dársele el mismo trato que a las vacas. La propietaria explicó que propician ambientes calmos, sin gritos ni sobresaltos para no perjudicar al animal.
100% artesanal
Desde la esquila de las llamas hasta la confección terminada, todo se hace a mano. Los productos son orgánicos y cada prenda es única.
En la explotación cada animal proporciona la fibra suficiente para la confección de entre una y tres prendas por temporada. La lista incluye: ponchos, pashminas, ruanas, capas, poleras, chalecos, camperas, guantes, gorras, bufandas, boinas, almohadones, pies de cama, alfombras y caminos, que la firma vende en su chacra a turistas y gente de la zona y en Buenos Aires. Más adelante planean seducir mercados externos.
Un clima sin efectos adversos
La pregunta obligada tiene que ver con la reacción de los animales a un clima totalmente distinto al que estaban acostumbrados, teniendo en cuenta que las llamas habitan en el norte argentino, donde reina un clima seco y árido.
“Estos animales se pueden criar en condiciones muy diferentes de las andinas, con temperaturas más elevadas, mayores niveles de humedad y una mejor oferta de pasturas. Para protegerlas del calor, las esquilamos todos los años y no cada dos, como hacen en la Puna. Y sobre la base de la selección de animales con pedigrí, hemos conseguido una fibra más fina que las de ovejas Merino”, explica la líder del proyecto.
Montar un emprendimiento que ya tiene una inserción en el mercado provincial, del cual existen experiencias y gente capacitada es una apuesta que podría considerarse (en algún punto) segura. Pero instalar una granja de llamas en una provincia desconocida, en una localidad de la cual no eran oriundos y relacionarse por primera vez con una actividad agropecuaria fue todo un desafío. Así lo recuerda la entrevistada.
“Nunca había trabajado en nada relacionado con el agro. Pero cuando viajamos a Bolivia y Perú, y vi los animales, los textiles, pensé que había que aprovecharlo. Cuando uno se pone en contacto con la lana de llama ve sus beneficios, es mucho más abrigada que la de oveja, más liviana y sin el olor que tiene la lana del ovino, porque nosotros no hacemos ningún tratamiento industrial, incluso para sacarle la tierra se lava con un detergente suave de ropa fina”, dijo Papeschi.
Finalmente, lejos de las épocas de la inquietud del desafío, de las complicaciones, ya el proyecto está en marcha. “Estamos contentos, las cosas nos están funcionando, los animales se reproducen bien y los productos tienen excelente calidad”, indicó.
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